CAPÍTULO SEGUNDO
CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS
La Buena Nueva: Dios ha enviado a su
Hijo
422 "Pero, al llegar la
plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido
bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que
recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). He aquí
"la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1, 1): Dios
ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1, 68), ha cumplido las promesas hechas
a Abraham y a su descendencia (cf. Lc 1, 55); lo ha hecho más allá de
toda expectativa: El ha enviado a su "Hijo amado" (Mc 1, 11).
423 Nosotros creemos y confesamos
que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en
el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de
oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador
Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo
eterno de Dios hecho hombre, que ha "salido de Dios" (Jn 13,
3), "bajó del cielo" (Jn 3, 13; 6, 33), "ha venido en
carne" (1 Jn 4, 2), porque "la Palabra se hizo carne, y puso
su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del
Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... Pues de su
plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" (Jn 1, 14. 16).
424 Movidos por la gracia del Espíritu
Santo y atraídos por el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito
de Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,
16). Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha
construido su Iglesia (cf. Mt 16, 18; San León Magno, serm. 4, 3;51,
1;62, 2;83, 3).
"Anunciar... la inescrutable
riqueza de Cristo" (Ef 3, 8)
425 La transmisión de la fe
cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en
el. Desde el principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de
anunciar a Cristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que
hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Y ellos mismos invitan a los
hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con
Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo
que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida,
-pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos
testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y
se nos manifestó- lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para
que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros
estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os
escribimos esto para que vuestro gozo sea completo (1 Jn 1, 1-4).
En el centro de la catequesis: Cristo
426 "En el centro de la
catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de
Nazaret, Unigénito del Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y
que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros... Catequizar es
... descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios... Se
trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las
palabras de Cristo, los signos realizados por El mismo" (CT 5). El
fin de la catequesis: "conducir a la comunión con Jesucristo: sólo
El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes
de la vida de la Santísima Trinidad". (ibid.).
427 "En la catequesis lo que
se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás
en referencia a El; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo
hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe
por su boca... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la
misteriosa palabra de Jesús: 'Mi doctrina no es mía, sino del que me
ha enviado' (Jn 7, 16)" (ibid., 6).
428 El que está llamado a
"enseñar a Cristo" debe por tanto, ante todo, buscar esta
"ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo"; es
necesario "aceptar perder todas las cosas ... para ganar a Cristo,
y ser hallado en él" y "conocerle a él, el poder de su
resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de
entre los muertos" (Flp 3, 8-11).
429 De este conocimiento amoroso
de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de
"evangelizar", y de llevar a otros al "sí" de la fe
en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer
siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del Símbolo de
la fe, presentaremos en primer lugar los principales títulos de Jesús:
Cristo, Hijo de Dios, Señor (Artículo 2). El Símbolo confiesa a
continuación los principales misterios de la vida de Cristo: los de su
encarnación (Artículo 3), los de su Pascua (Artículos 4 y 5), y, por
último, los de su glorificación (Artículos 6 y 7).
ARTÍCULO 2
“Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”
I Jesús
430 Jesús quiere decir en
hebreo: "Dios salva". En el momento de la anunciación, el ángel
Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la
vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que "¿Quién
puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"(Mc 2, 7), es él quien,
en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará a su pueblo de sus
pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la
historia de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación,
Dios no se ha contentado con librar a Israel de "la casa de
servidumbre" (Dt 5, 6) haciéndole salir de Egipto. El lo salva
además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a
Dios (cf. Sal 51, 6), sólo el es quien puede absolverlo (cf. Sal 51,
12). Por eso es por lo que Israel tomando cada vez más conciencia de la
universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en
la invocación del Nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa
que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo (cf.
Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la redención universal y
definitiva de los pecados. El es el Nombre divino, el único que trae la
salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser
invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la
Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que "no hay bajo el
cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos" (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era
invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación
de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del
Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si
50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios
(cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando San Pablo dice de
Jesús que "Dios lo exhibió como instrumento de propiciación por
su propia sangre" (Rm 3, 25) significa que en su humanidad
"estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Co 5, 19).
434 La Resurrección de Jesús
glorifica el nombre de Dios Salvador (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en
adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder
soberano del "Nombre que está sobre todo nombre" (Flp 2, 9).
Los espíritus malignos temen su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y
en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17)
porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, él se lo concede (Jn
15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en
el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se
acaban con la fórmula "Per Dominum Nostrum Jesum Christum..."
("Por Nuestro Señor Jesucristo..."). El "Avemaría"
culmina en "y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". La
oración del corazón, en uso en oriente, llamada "oración a Jesús"
dice: "Jesucristo, Hijo de Dios, Señor ten piedad de mí,
pecador". Numerosos cristianos mueren, como Santa Juana de Arco,
teniendo en sus labios una única palabra: "Jesús".
II Cristo
436 Cristo viene de la
traducción griega del término hebreo "Mesías" que quiere
decir "ungido". No pasa a ser nombre propio de Jesús sino
porque él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra
significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los
que le eran consagrados para una misión que habían recibido de él.
Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R
1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente,
de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso
del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino
(cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu
del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14;
6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús
cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de
sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los
pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel:
"Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el
Cristo Señor" (Lc 2, 11). Desde el principio él es "a quien
el Padre ha santificado y enviado al mundo"(Jn 10, 36), concebido
como "santo" (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José
fue llamado por Dios para "tomar consigo a María su esposa"
encinta "del que fue engendrado en ella por el Espíritu
Santo" (Mt 1, 20) para que Jesús "llamado Cristo" nazca
de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16;
cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).
438 La consagración mesiánica de
Jesús manifiesta su misión divina. "Por otra parte eso es lo que
significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobre
entendido El que ha ungido, El que ha sido ungido y la Unción misma con
la que ha sido ungido: El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido
ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción"
(S. Ireneo de Lyon, haer. 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica
fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su
bautismo por Juan cuando "Dios le ungió con el Espíritu Santo y
con poder"(Hch 10, 38) "para que él fuese manifestado a
Israel" (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo
dieron a conocer como "el santo de Dios" (Mc 1, 24; Jn 6, 69;
Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso
ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los
rasgos fundamentales del mesiánico "hijo de David" prometido
por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9.
15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn
4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos
lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22,
41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión
de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima
pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico
contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del
Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3, 13; cf. Jn 6,
62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo
sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf. Is
53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha
manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23,
39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica
podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: "Sepa,
pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor
y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch
2, 36).
III Hijo único de Dios
441 Hijo de Dios, en el
Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb
1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb
18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes
(cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva
que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad
particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado "hijo de
Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica necesariamente, según
el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que
designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54),
quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro
cuando confiesa a Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios
vivo" (Mt 16, 16) porque este le responde con solemnidad "no te
ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito
de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél que me
separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien
revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los
gentiles..." (Ga 1,15-16). "Y en seguida se puso a predicar a
Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios" (Hch 9, 20).
Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe
apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como
cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter
transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste
lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus
acusadores: "Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?", Jesús ha
respondido: "Vosotros lo decís: yo soy" (Lc 22, 70; cf. Mt
26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, El se designó como el
"Hijo" que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es
distinto de los "siervos" que Dios envió antes a su pueblo
(cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36).
Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás
"nuestro Padre" (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo
para ordenarles "vosotros, pues, orad así: Padre
Nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: "Mi Padre y
vuestro Padre" (Jn 20, 17).
444 Los Evangelios narran en dos
momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la
voz del Padre lo designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17,
5). Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo Unico de Dios"
(Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (cf.
Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre del Hijo Unico de Dios"
(Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del
centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente este
hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39), porque solamente en el
misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título
"Hijo de Dios".
445 Después de su Resurrección,
su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada:
"Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de
santidad, por su Resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 4; cf.
Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar "Hemos visto su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y
de verdad "(Jn 1, 14).
IV Señor
446 En la traducción griega de
los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios
se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por
"Kyrios" ["Señor"]. Señor se convierte
desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad
misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido
fuerte el título "Señor" para el Padre, pero lo emplea también,
y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1
Co 2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de
forma velada este título cuando discute con los fariseos sobre el
sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb
1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles
(cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de
dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios,
sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.
448 Con mucha frecuencia, en los
Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole "Señor".
Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a
Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15,
22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el
reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En
el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: "Señor
mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de
amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana:
"¡Es el Señor!" (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título
divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman
desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria
debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13;
Ap 5, 13) porque el es de "condición divina" (Flp 2, 6) y el
Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los
muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la
historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el
mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer
que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a
ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César
no es el "Señor" (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). " La
Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin de toda historia humana
se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10, 2; cf. 45, 2).
451 La oración cristiana está
marcada por el título "Señor", ya sea en la invitación a la
oración "el Señor esté con vosotros", o en su conclusión
"por Jesucristo nuestro Señor" o incluso en la exclamación
llena de confianza y de esperanza: "Maran atha" ("¡el Señor
viene!") o "Maran atha" ("¡Ven, Señor!") (1
Co 16, 22): "¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20).
Resumen
452 El nombre de Jesús
significa "Dios salva". El niño nacido de la Virgen María se
llama "Jesús" "porque él salvará a su pueblo de sus
pecados" (Mt 1, 21); "No hay bajo el cielo otro nombre dado a
los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" ((...) Hch 4,
12).
453 El nombre de Cristo
significa "Ungido", "Mesías". Jesús es el Cristo
porque "Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder"
(Hch 10, 38). Era "el que ha de venir" (Lc 7, 19), el objeto
de "la esperanza de Israel"(Hch 28, 20).
454 El nombre de Hijo de Dios
significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre:
el es el Hijo único del Padre (cf. Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y él mismo
es Dios (cf. Jn 1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que
Jesucristo es el Hijo de Dios (cf. Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23).
455 El nombre de Señor
significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor
es creer en su divinidad "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!"
sino por influjo del Espíritu Santo"(1 Co 12, 3).
ARTÍCULO 3
"JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA
DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN"
Párrafo 1
EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE
I Por qué el Verbo se hizo carne
456 Con el Credo
Niceno-Constantinopolitano respondemos co nfesando: "Por
nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por
obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo
hombre".
457 El Verbo se encarnó para
salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió
a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,
10)."El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1
Jn 4, 14). "El se manifestó para quitar los pecados" (1 Jn 3,
5):
Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser
restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del
bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas,
hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un
salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían
importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el
punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya
que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan
desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).
458 El Verbo se encarnó para
que nosotros conociésemos así el amor de Dios: "En esto se
manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su
Hijo único para que vivamos por medio de él" (1 Jn 4, 9).
"Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"
(Jn 3, 16).
459 El Verbo se encarnó para
ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo,
y aprended de mí ... "(Mt 11, 29). "Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6). Y el
Padre, en el monte de la transfiguración, ordena:
"Escuchadle" (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el
modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos
los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor
tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).
460 El Verbo se encarnó para
hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4):
"Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el
Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión
con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en
hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). "Porque el Hijo de
Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Atanasio, Inc., 54, 3).
"Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse
participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus
homo" ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos
participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que,
habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás
de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).
II La Encarnación
461 Volviendo a tomar la frase de
San Juan ("El Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama
"Encarnación" al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido
una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En
un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la
Encarnación:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual,
siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios,
sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp
2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).
462 La carta a los Hebreos habla
del mismo misterio:
Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio
y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios
por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo ... a
hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).
463 La fe en la verdadera
encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana:
"Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que
confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2).
Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando
canta "el gran misterio de la piedad": "El ha sido
manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).
III Verdadero Dios y verdadero hombre
464 El acontecimiento único y
totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que
Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado
de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo
verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo
es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y
aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas
herejías que la falseaban.
465 Las primeras herejías negaron
menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo
gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la
verdadera encarnación del Hijo de Dios, "venido en la carne"
(cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que
afirmar frente a Pablo de Samosata, en un concilio reunido en Antioquía,
que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El
primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su
Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no creado, de la misma
substancia ['homoousios'] que el Padre" y condenó a Arrio que
afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la nada" (DS 130) y
que sería "de una substancia distinta de la del Padre" (DS
126).
466 La herejía nestoriana veía
en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios.
Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico
reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que "el Verbo, al
unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo
hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que
la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde
su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431
que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la
concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre de Dios, no
porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino
porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma
racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo
nació según la carne" (DS 251).
467 Los monofisitas afirmaban que
la naturaleza humana había dejado de existir como tal en Cristo al ser
asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía,
el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:
Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay
que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo:
perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente
Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo;
consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con
nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en
el pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según
la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos
tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad.
Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos
naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación.
La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión,
sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y
confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).
468 Después del concilio de
Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una
especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio ecuménico,
en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de Cristo: "No
hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor
Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS 424). Por tanto, todo en
la humanidad de Jesucristo debe ser atribuído a su persona divina como
a su propio sujeto (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los milagros
sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El
que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es
verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima
Trinidad" (DS 432).
469 La Iglesia confiesa así que
Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es
verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano,
y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:
"Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit"
("Permaneció en lo que era y asumió lo que no era"), canta
la liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf. S.
León Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo
proclama y canta: "Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal
te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de
Dios, y siempre Virgen María, sin mutación te has hecho hombre, y has
sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la
muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el
Santo Espíritu, sálvanos! (Tropario "O monoghenis").
IV Cómo es hombre el Hijo de Dios
470 Puesto que en la unión
misteriosa de la Encarnación "la naturaleza humana ha sido
asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar
con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus
operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de
Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que
la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina
del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella
pertenece a "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios comunica,
pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad.
Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las
costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):
El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia
de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.
Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en
todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).
El alma y el conocimiento humano de Cristo
471 Apolinar de Laodicea afirmaba
que en Cristo el Verbo había sustituído al alma o al espíritu. Contra
este error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un
alma racional humana (cf. DS 149).
472 Este alma humana que el Hijo
de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como
tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las
condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo.
Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en
sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2, 52) e igualmente
adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera
experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso ... correspondía
a la realidad de su anonadamiento voluntario en "la condición de
esclavo" (Flp 2, 7).
473 Pero, al mismo tiempo, este
conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida
divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). "La
naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella m isma sino por su
unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que
conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto
sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e
inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14,
36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento
humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los
pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25;
6, 61; etc.).
474 Debido a su unión con la
Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento
humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios
eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34;
14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32),
declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).
La voluntad humana de Cristo
475 De manera paralela, la Iglesia
confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en
el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones
naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma
que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido
humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu
Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de
Cristo "sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni
oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad
omnipotente" (DS 556).
El verdadero cuerpo de Cristo
476 Como el Verbo se hizo carne
asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf.
Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar la
faz humana de Jesús (Ga 3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de
Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima
su representación en imágenes sagradas.
477 Al mismo tiempo, la Iglesia
siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios "que era
invisible en su naturaleza se hace visible" (Prefacio de Navidad).
En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo
expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los
rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una
imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su
imagen, "venera a la persona representada en ella" (Cc. Nicea
II: DS 601).
El Corazón del Verbo encarnado
478 Jesús, durante su vida, su
agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de
nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de
Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha
amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón
de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación
(cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del
amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a
todos los hombres" (Pio XII, Enc."Haurietis aquas": DS
3924; cf. DS 3812).
Resumen
479 En el momento establecido
por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el
Verbo e Imagen substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la
naturaleza divina asumió la naturaleza humana.
480 Jesucristo es verdadero
Dios y verdadero hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón
él es el único Mediador entre Dios y los hombres.
481 Jesucristo posee dos
naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única
Persona del Hijo de Dios.
482 Cristo, siendo verdadero
Dios y verdadero hombre, tien e una inteligencia y una voluntad humanas,
perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad
divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo.
483 La encarnación es, pues,
el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la
naturaleza humana en la única Persona del Verbo.
Párrafo 2
“... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO,
NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN”
I Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo ...
484 La anunciación a María
inaugura la plenitud de "los tiempos"(Gal 4, 4), es decir el
cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a
concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de
la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta divina a su "¿Cómo
será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34) se dio
mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre
ti" (Lc 1, 35).
485 La misión del Espíritu Santo
está siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El
Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María
y fecundarla por obra divina, él que es "el Señor que da la
vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una
humanidad tomada de la suya.
486 El Hijo único del Padre, al
ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es
"Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt
1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia humana, aunque su
manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores
(cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn
1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de
Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu
Santo y con poder" (Hch 10, 38).
II ... nacido de la Virgen María
487 Lo que la fe católica cree
acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que
enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
488 "Dios envió a su
Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb
10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda
la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de
Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen
desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de
la virgen era María" (Lc 1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que
estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para
que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra
mujer contribuyera a la vida (LG 56; cf. 61).
489 A lo largo de toda la Antigua
Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de
algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su
desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora
del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser la Madre de todos los vivientes
(cf. Gn 3, 20). En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar
de su edad avanzada (cf. Gn 18, 10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa
humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil (cf. 1 Co
1, 27) para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel
(cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres.
María "sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que
esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con
ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa,
se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación" (LG
55).
La Inmaculada Concepción
490 Para ser la Madre del
Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una
misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de
la anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28).
En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de
su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la
gracia de Dios.
491 A lo largo de los siglos, la
Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia"
por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que
confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por
el Papa Pío IX:
... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la
mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por
singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los
méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).
492 Esta "resplandeciente
santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida
desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda
entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en
atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha
"bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los
cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona
creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser
santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).
493 Los Padres de la tradición
oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa"
("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha de pecado
y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura"
(LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo
pecado personal a lo largo de toda su vida.
"Hágase en mí según tu palabra ..."
494 Al anuncio de que ella dará a
luz al "Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud
del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por "la
obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay
imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase
en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su
consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús
y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que
ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la
persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con
él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):
Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa
de la salvación propia y de la de todo el género humano". Por
eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él
en afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la
obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo
desató la Virgen María por su fe". Comparándola con Eva, llaman
a María `Madre de los vivientes' y afirman con mayor frecuencia:
"la muerte vino por Eva, la vida por María". (LG. 56).
La maternidad divina de María
495 Llamada en los Evangelios
"la Madre de Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.),
María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de
mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En
efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu
Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es
otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima
Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de
Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras
formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que
Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el
poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de
este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu
Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento
humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción
virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha
venido en una humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis
firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de
la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la
voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una
virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo
Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también resucitó
verdaderamente" (Smyrn. 1-2).
497 Los relatos evangélicos (cf.
Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una
obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas
(cf. Lc 1, 34): "Lo concebido en ella viene del Espíritu
Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su desposada
(Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina
hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y
dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la traducción griega de Mt
1, 23).
498 A veces ha desconcertado el
silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento
sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear
si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones
teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder:
La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva
oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes,
judíos y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32,
69; entre otros); no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en
una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio
no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo que reúne
entre sí los misterios" (DS 3016), dentro del conjunto de los
Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio
de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe de
este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la
muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el
silencio de Dios" (Eph. 19, 1;cf. 1 Co 2, 8).
María, la "siempre Virgen"
499 La profundización de la fe en
la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad
real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de
Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el
nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad
virginal" de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a
María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen"
(cf. LG 52).
500 A esto se objeta a veces que
la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3,
31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos
pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto,
Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mt 13, 55) son los
hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa
de manera significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se
trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida
del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).
501 Jesús es el Hijo único de
María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende (cf. Jn 19,
26-27; Ap 12, 17) a todos los hombres a los cuales, El vino a salvar:
"Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos
hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y
educación colabora con amor de madre" (LG 63).
La maternidad virginal de María en el designio de Dios
502 La mirada de la fe, unida al
conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por
las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de
una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión
redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión
para con los hombres.
503 La virginidad de María
manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no
tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza
humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre ...;
consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre
en nuestras humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos
naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).
504 Jesús fue concebido por obra
del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque El es el Nuevo
Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: "El
primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del
cielo" (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción,
está llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu sin
medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la
humanidad redimida (cf Col 1, 18), "hemos recibido todos gracia por
gracia" (Jn 1, 16).
505 Jesús, el nuevo Adán,
inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los
hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe "¿Cómo será
eso?" (Lc 1, 34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina
no nace "de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre,
sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal
porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal
de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a
cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
506 María es virgen porque su
virginidad es el signo de su fe "no adulterada por duda
alguna" (LG 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1
Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del
Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam
concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al
recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de
Cristo" (S. Agustín, virg. 3).
507 María es a la vez virgen y
madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la
Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia se convierte en Madre por la
palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el
bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos
por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que
guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).
Resumen
508 De la descendencia de Eva,
Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella,
"llena de gracia", es "el fruto excelente de la
redención" (SC 103); desde el primer instante de su concepción,
fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció
pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
509 María es verdaderamente
"Madre de Dios" porque es la madre del Hijo eterno de Dios
hecho hombre, que es Dios mismo.
510 María "fue Virgen al
concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen
después del parto, Virgen siempre" (S. Agustín, serm. 186, 1):
Ella, con todo su ser, es "la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
511 La Virgen María
"colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los
hombres" (LG 56). Ella pronunció su "fiat" "loco
totius humanae naturae" ("ocupando el lugar de toda la
naturaleza humana") (Santo Tomás, s.th. 3, 30, 1 ): Por su
obediencia, Ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.
Párrafo 3
LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
512 Respecto a la vida de Cristo,
el Símbolo de la Fe no habla más que de los misterios de la
Encarnación (concepción y nacimiento) y de la Pascua (pasión,
crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos,
resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los
misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de
la fe referente a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda
la vida terrena de Cristo. "Todo lo que Jesús hizo y enseñó
desde el principio hasta el día en que ... fue llevado al cielo"
(Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de
Pascua.
513 La Catequesis, según las
circunstancias, debe presentar toda la riqueza de los Misterios de
Jesús. Aquí basta indicar algunos elementos comunes a todos los
Misteri os de la vida de Cristo (I), para esbozar a continuación los
principales misterios de la vida oculta (II) y pública (III) de Jesús.
I Toda la vida de Cristo es misterio
514 Muchas de las cosas respecto a
Jesús que interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio.
Casi nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de
la vida pública no se narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en
los Evangelios lo ha sido "para que creáis que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su
nombre" (Jn 20, 31).
515 Los Evangelios fueron escritos
por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe
(cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo
conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos
de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su
natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el
sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es
signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus
palabras, se ha revelado que "en él reside toda la plenitud de la
Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como
el "sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su
divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible
en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina
y de su misión redentora.
Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús
516 Toda la vida de Cristo es Revelación
del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos,
su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a
mí, ve al Padre" (Jn 14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo
amado; escuchadle" (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho
para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos "manifestó
el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus
misterios.
517 Toda la vida de Cristo es
Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la
sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1 P 1, 18-19), pero este
misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación
porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9);
en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su
sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus oyentes
(cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales
"él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras
enfermedades" (Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su Resurrección, por
medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).
518 Toda la vida de Cristo es
Misterio de Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y
sufrió, tuvo como finalidad restablecer al hombre caído en su
vocación primera:
Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga
historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la
salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir,
el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (S.
Ireneo, haer. 3, 18, 1). Por lo demás, esta es la razón por la cual
Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a
todos los hombres la comunión con Dios (ibid. 3,18,7; cf. 2, 22, 4).
Nuestra comunión en los Misterios de Jesús
519 Toda la riqueza de Cristo
"es para todo hombre y constituye el bien de cada uno" (RH
11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros,
desde su Encarnación "por nosotros los hombres y por nuestra
salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados" (1 Co
15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom 4,25).
Todavía ahora, es "nuestro abogado cerca del Padre" (1 Jn 2,
1), "estando siempre vivo para interceder en nuestro favor"
(Hb 7, 25). Con todo lo que vivió y sufrió por nosotros de una vez por
todas, permanece presente para siempre "ante el acatamiento de Dios
en favor nuestro" (Hb 9, 24).
520 Toda su vida, Jesús se
muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): él es el
"hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos
y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar
(cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1); con
su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones
(cf. Mt 5, 11-12).
521 Todo lo que Cristo vivió hace
que podamos vivirlo en El y que El lo viva en nosotros.
"El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con
todo hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola
cosa con él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo
que él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de
Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en
nosotros y en toda su Iglesia ... Porque el Hijo de Dios tiene el
designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en
nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que él quiere
comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a
estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan
Eudes, regn.).
II Los misterios de la infancia y de la vida oculta de Jesús
Los preparativos
522 La venida del Hijo de Dios a
la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo
durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la
"Primera Alianza"(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia
Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en
Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera,
aún confusa, de esta venida.
523 San Juan Bautista es el
precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle
el camino (cf. Mt 3, 3). "Profeta del Altísimo" (Lc 1, 76),
sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último
(cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc 16,16); desde
el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo y
encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo" (Jn 3, 29)
a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el
poder de Elías" (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su
predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio
(cf. Mc 6, 17-29).
524 Al celebrar anualmente la liturgia
de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías:
participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador,
los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22,
17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se
une al deseo de éste: "Es preciso que El crezca y que yo
disminuya" (Jn 3, 30).
El Misterio de Navidad
525 Jesús nació en la humildad
de un establo, de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos
pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza
se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se
cansa de cantar la gloria de esta noche:
La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!
(Kontakion, de Romanos el Melódico)
526 "Hacerse niño" con
relación a Dios es la condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18,
3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño;
más todavía: es necesario "nacer de lo alto" (Jn 3,7),
"nacer de Dios" (Jn 1, 13) para "hacerse hijos de
Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros
cuando Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es
el Misterio de este "admirable intercambio":
O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y
alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da
parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).
Los Misterios de la Infancia de Jesús
527 La Circuncisión de
Jesús, al octavo día de su nacimiento (cf. Lc 2, 21) es señal de su
inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de
su sometimiento a la Ley (cf. Ga 4, 4) y de su consagración al culto de
Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo prefigura
"la circuncisión en Cristo" que es el Bautismo (Col 2,
11-13).
528 La Epifanía es la
manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador
del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná
(cf. LH Antífona del Magnificat de las segundas vísperas de
Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos
"magos" venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos
"magos", representantes de religiones paganas de pueblos
vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por
la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los
magos a Jerusalén para "rendir homenaje al rey de los
Judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz
mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al que
será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que
los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y
Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y
recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el
Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que "la
multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas"(S.
León Magno, serm.23 ) y adquiere la "israelitica dignitas"
(MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura).
529 La Presentación de Jesús
en el Templo (cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que
pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la
expectación de Israel es la que viene al Encuentro de su
Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento).
Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, "luz de las
naciones" y "gloria de Israel", pero también "signo
de contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia
otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación
que Dios ha preparado "ante todos los pueblos".
530 La Huida a Egipto y la
matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-18) manifiestan la oposición de
las tinieblas a la luz: "Vino a su Casa, y los suyos no lo
recibieron"(Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará bajo el signo
de la persecución. Los suyos la comparten con él (cf. Jn 15, 20). Su
vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo (cf. Os 11, 1) y
presenta a Jesús como el liberador definitivo.
Los misterios de la vida oculta de Jesús
531 Jesús compartió, durante la
mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los
hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo
manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4, 4),
vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús
estaba "sometido" a sus padres y que "progresaba en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2,
51-52).
532 Con la sumisión a su madre, y
a su padre legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento.
Es la imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La
sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba
la sumisión del Jueves Santo: "No se haga mi voluntad ..."(Lc
22, 42). La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta
inaugurada ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de
Adán había destruido (cf. Rm 5, 19).
533 La vida oculta de Nazaret
permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos
más ordinarios de la vida humana:
Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la
escuela del Evangelio ...Una lección de silencio ante todo. Que
nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu
admirable e inestimable ... Una lección de vida familiar. Que
Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su
austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable ... Una
lección de trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del
Carpintero", aquí es donde querríamos comprender y celebrar la
ley severa y redentora del trabajo humano ...; cómo querríamos, en
fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo entero y
enseñarles su gran modelo, su hermano divino (Pablo VI, discurso 5
enero 1964 en Nazaret).
534 El hallazgo de Jesús en el
Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único suceso que rompe el silencio
de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja
entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión
derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me debo a los
asuntos de mi Padre?" María y José "no comprendieron"
esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María "conservaba
cuidadosamente todas las cosas en su corazón", a lo largo de todos
los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida
ordinaria.
III Los misterios de la vida pública de Jesús
El Bautismo de Jesús
535 El comienzo (cf. Lc 3, 23) de
la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán (cf.
Hch 1, 22). Juan proclamaba "un bautismo de conversión para el
perdón de los pecados" (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores,
publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3,
7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar por él.
"Entonces aparece Jesús". El Bautista duda. Jesús insiste y
recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma,
viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es "mi Hijo
amado" (Mt 3, 13-17). Es la manifestación ("Epifanía")
de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.
536 El bautismo de Jesús es, por
su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo
doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya
"el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29);
anticipa ya el "bautismo" de su muerte sangrienta (cf Mc 10,
38; Lc 12, 50). Viene ya a "cumplir toda justicia" (Mt 3, 15),
es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor
acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf.
Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda
su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que
Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a
"posarse" sobre él (Jn 1, 32-33; cf. Is 11, 2). De él
manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, "se
abrieron los cielos" (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había
cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del
Espíritu como preludio de la nueva creación.
537 Por el bautismo, el cristiano
se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su
muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento
humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir
con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo,
en hijo amado del Padre y "vivir una vida nueva" (Rm 6, 4):
Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él;
descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para
ser glorificados con él (S. Gregorio Nacianc. Or. 40, 9).
Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de
agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del
cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de
Dios. (S. Hilario, Mat 2).
Las Tentaciones de Jesús
538 Los Evangelios hablan de un
tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su
bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto,
Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los
animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1, 12-13). Al final de este
tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su
actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan
las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto,
y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado" (Lc
4, 13).
539 Los evangelistas indican el
sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo
Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la
tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al
contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta
años por el desierto (cf. Sal 95, 10), Cristo se revela como el Siervo
de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es
vencedor del diablo; él ha "atado al hombre fuerte" para
despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de
Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de
la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.
540 La tentación de Jesús
manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en
oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres (cf Mt
16, 21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al
Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote
que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo
igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15). La Iglesia se
une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al
Misterio de Jesús en el desierto.
"El Reino de Dios está cerca"
541 "Después que Juan fue
preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y
creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para
hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los
cielos" (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es "elevar a
los hombres a la participación de la vida divina" (LG 2). Lo hace
reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es
la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo de este
Reino" (LG 5).
542 Cristo es el corazón mismo de
esta reunión de los hombres como "familia de Dios". Los
convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan
el reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él
realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su
Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. "Cuando yo sea
levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A
esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf. LG 3).
El anuncio del Reino de Dios
543 Todos los hombres
están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los
hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado
a acoger a los hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19).
Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús: La palabra
de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan
con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino;
después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de
la siega (LG 5).
544 El Reino pertenece a los
pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un
corazón humilde. Jesús fue enviado para "anunciar la Buena Nueva
a los pobres" (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados
porque de "ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 3); a los
"pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado revelar las
cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25). Jesús,
desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el
hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la
privación (cf. Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de
todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para
entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).
545 Jesús invita a los pecadores
al banquete del Reino: "No he venido a llamar a justos sino a
pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la
conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les
muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre
hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría en el cielo
por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7). La prueba suprema
de este amor será el sacrificio de su propia vida "para remisión
de los pecados" (Mt 26, 28).
546 Jesús llama a entrar en el
Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza
(cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf.
Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el
Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no
bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un
espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una
buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos
(cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están
secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el
Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para "conocer los
Misterios del Reino de los cielos" (Mt 13, 11). Para los que están
"fuera" (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo
enigmático (cf. Mt 13, 10-15).
Los signos del Reino de Dios
547 Jesús acompaña sus palabras
con numerosos "milagros, prodigios y signos" (Hch 2, 22) que
manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que
Jesús es el Mesías anunciado (cf, Lc 7, 18-23).
548 Los signos que lleva a cabo
Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25).
Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los
que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52; etc.). Por tanto, los
milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre:
éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero
también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mt 11, 6). No
pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de
tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11,
47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3,
22).
549 Al liberar a algunos hombres
de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf.
Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús
realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos
los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a
los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8,
34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de
todas sus servidumbres humanas.
550 La venida del Reino de Dios es
la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el
Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros
el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús
liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39).
Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el príncipe de este
mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente
establecido el Reino de Dios: "Regnavit a ligno Deus"
("Dios reinó desde el madero de la Cruz", himno "Vexilla
Regis").
"Las llaves del Reino"
551 Desde el comienzo de su vida
pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con
él y participar en su misión (cf. Mc 3, 13-19); les hizo partícipes
de su autoridad "y los envió a proclamar el Reino de Dios y a
curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre permanecen
asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su
Iglesia:
Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo
dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os
sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Lc 22,
29-30).
552 En el colegio de los doce
Simón Pedro ocupa el primer lugar (cf. Mc 3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co
15, 5). Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación
del Padre , Pedro había confesado: "Tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le declaró: "Tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del
Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18). Cristo,
"Piedra viva" (1 P 2, 4), asegura a su Iglesia, edificada
sobre Pedro la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa
de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia.
Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de
confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22, 32).
553 Jesús ha confiado a Pedro una
autoridad específica: "A ti te daré las llaves del Reino de los
cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo
que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,
19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa
de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor" (Jn 10,
11) confirmó este encargo después de su resurrección:"Apacienta
mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar"
significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias
doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús
confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles
(cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él
confió explícitamente las llaves del Reino.
Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración.
554 A partir del día en que Pedro
confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro
"comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a
Jerusalén, y sufrir ... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer
día" (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio (cf. Mt 16, 22-23),
los otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt 17, 23; Lc 9, 45). En este
contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de
Jesús (cf. Mt 17, 1-8 par.: 2 P 1, 16-18), sobre una montaña, ante
tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los
vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías
aparecieron y le "hablaban de su partida, que estaba para cumplirse
en Jerusalén" (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz
desde el cielo que decía: "Este es mi Hijo, mi elegido;
escuchadle" (Lc 9, 35).
555 Por un instante, Jesús
muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro.
Muestra también que para "entrar en su gloria" (Lc 24, 26),
es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían
visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían
anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de
Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como
siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia del Espíritu
Santo: "Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine,
Spiritus in nube clara" ("Apareció toda la Trinidad: el Padre
en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa"
(Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2):
Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos
eran capaces, tus discípulos han contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios,
a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión
era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la
irradiación del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la
Transfiguración,)
556 En el umbral de la vida
pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración.
Por el bautismo de Jesús "fue manifestado el misterio de la
primera regeneración": nuestro bautismo; la Transfiguración
"es es sacramento de la segunda regeneración": nuestra propia
resurrección (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde ahora nosotros
participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que
actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos
concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "el
cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso
como el suyo" (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que
"es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en
el Reino de Dios" (Hch 14, 22):
Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la
montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de
la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la
tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en
la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para
tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente
desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir? (S.
Agustín, serm. 78, 6).
La subida de Jesús a Jerusalén
557 "Como se iban cumpliendo
los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a
Jerusalén" (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión,
manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones
había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc
8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: "No
cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13, 33).
558 Jesús recuerda el martirio de
los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a).
Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él:
"¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina
reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!" (Mt 23,
37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa
una vez más el deseo de su corazón:" ¡Si también tú conocieras
en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos"
(Lc 19, 41-42).
La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén
a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle
rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su
entrada mesiánica en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32;
cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la
salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!",
"Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la
Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un
asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su
Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que
da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su
Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los
"pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo
anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación
"Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26),
ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia
eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.
560 La entrada de Jesús en
Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías
llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.
Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre
la Semana Santa.
Resumen
561 "La vida entera de
Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus
gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los
pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz
por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su
palabra y el cumplimiento de la revelación" (CT 9).
562 Los discípulos de Cristo
deben asemejarse a él hasta que él crezca y se forme en ellos (cf. Ga
4, 19). "Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con
él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con
él (LG 7).
563 Pastor o mago, nadie puede
alcanzar a Dios aquí abajo sino arrodillándose ante el pesebre de
Belén y adorando a Dios escondido en la debilidad de un niño.
564 Por su sumisión a María y
a José, así como por su humilde trabajo durante largos años en
Nazaret, Jesús nos da el ejemplo de la santidad en la vida cotidiana de
la familia y del trabajo.
565 Desde el comienzo de su
vida pública, en su bautismo, Jesús es el "Siervo"
enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el
"bautismo" de su pasión.
566 La tentación en el
desierto muestra a Jesús, humilde Mesías que triunfa de Satanás
mediante su total adhesión al designio de salvación querido por el
Padre.
567 El Reino de los cielos ha
sido inaugurado en la tierra por Cristo. "Se manifiesta a los
hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo"
(LG 5). La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves
son confiadas a Pedro.
568 La Transfiguración de
Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la
proximidad de la Pasión: la subida a un "monte alto" prepara
la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que
su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: "la esperanza de
la gloria" (Col 1, 27) (cf. S. León Magno, serm. 51, 3).
569 Jesús ha subido
voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente que allí moriría
de muerte violenta a causa de la contradicción de los pecadores (cf. Hb
12,3).
570 La entrada de Jesús en
Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido
en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar
a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.
ARTÍCULO 4
“JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO”
571 El Misterio pascual de la Cruz
y de la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que
los Apóstole s, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar
al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de "una vez
por todas" (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo
Jesucristo.
572 La Iglesia permanece fiel a
"la interpretación de todas las Escrituras" dada por Jesús
mismo, tanto antes como después de su Pascua: "¿No era necesario
que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (Lc 24,
26-27, 44-45). Los padecimientos de Jesús han tomado una forma
histórica concreta por el hecho de haber sido "reprobado por los
ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas" (Mc 8, 31), que lo
"entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y
crucificarle" (Mt 20, 19).
573 Por lo tanto, la fe puede
escrutar las circunstancias de la muerte de Jesús, que han sido
transmitidas fielmente por los Evangelios (cf. DV 19) e iluminadas por
otras fuentes históricas, a fin de comprender mejor el sentido de la
Redención.
Párrafo 1
JESÚS E ISRAEL
574 Desde los comienzos del
ministerio público de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto
con sacerdotes y escribas, se pusieron de acuerdo para perderle (cf. Mc
3, 6). Por algunas de sus obras (expulsión de demonios, cf. Mt 12, 24;
perdón de los pecados, cf. Mc 2, 7; curaciones en sábado, cf. 3, 1-6;
interpretación original de los preceptos de pureza de la Ley, cf. Mc 7,
14-23; familiaridad con los publicanos y los pecadores públicos, (cf.
Mc 2, 14-17), Jesús apareció a algunos malintencionados sospechoso de
posesión diabólica (cf. Mc 3, 22; Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de
blasfemo (cf. Mc 2, 7; Jn 5,18; 10, 33) y de falso profetismo (cf. Jn 7,
12; 7, 52), crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte
a pedradas (cf. Jn 8, 59; 10, 31).
575 Muchas de las obras y de las
palabras de Jesús han sido, pues, un "signo de
contradicción" (Lc 2, 34) para las autoridades religiosas de
Jerusalén, aquellas a las que el Evangelio de S. Juan denomina con
frecuencia "los Judíos" (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5, 10; 7, 13;
9, 22; 18, 12; 19, 38; 20, 19), más incluso que a la generalidad del
pueblo de Dios (cf. Jn 7, 48-49). Ciertamente, sus relaciones con los
fariseos no fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los que le
previnieron del peligro que corría (cf. Lc 13, 31). Jesús alaba a
alguno de ellos como al escriba de Mc 12, 34 y come varias veces en casa
de fariseos (cf. Lc 7, 36; 14, 1). Jesús confirma doctrinas sostenidas
por esta élite religiosa del pueblo de Dios: la resurrección de los
muertos (cf. Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las formas de piedad (limosna,
ayuno y oración, cf. Mt 6, 18) y la costumbre de dirigirse a Dios como
Padre, carácter central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo
(cf. Mc 12, 28-34).
576 A los ojos de muchos en
Israel, Jesús parece actuar contra las instituciones esenciales del
Pueblo elegido:
– Contra el sometimiento a la Ley en la integridad de sus preceptos
escritos, y, para los fariseos, su interpretación por la tradición
oral.
– Contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar
santo donde Dios habita de una manera privilegiada.
– Contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede
compartir.
I Jesús y la Ley
577 Al comienzo del Sermón de la
montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada
por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la
gracia de la Nueva Alianza:
"No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he
venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y
la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la Ley sin que
todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos
mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en
el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ese
será grande en el Reino de los cielos" (Mt 5, 17-19).
578 Jesús, el Mesías de Israel,
por lo tanto el más grande en el Reino de los cielos, se debía sujetar
a la Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos,
según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer
perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos, según su propia confesión,
jamás han podido cumplir jamás la Ley en su totalidad, sin violar el
menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch 13, 38-41; 15, 10). Por eso,
en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón
a Dios por sus transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley constituye un
todo y, como recuerda Santiago, "quien observa toda la Ley, pero
falta en un solo precepto, se hace reo de todos" (St 2, 10; cf. Ga
3, 10; 5, 3).
579 Este principio de integridad
en la observancia de la Ley, no sólo en su letra sino también en su
espíritu, era apreciado por los fariseos. Al subrayarlo para Israel,
muchos judíos del tiempo de Jesús fueron conducidos a un celo
religioso extremo (cf. Rm 10, 2), el cual, si no quería convertirse en
una casuística "hipócrita" (cf. Mt 15, 3-7; Lc 11, 39-54) no
podía más que preparar al pueblo a esta intervención inaudita de Dios
que será la ejecución perfecta de la Ley por el único Justo en lugar
de todos los pecadores (cf. Is 53, 11; Hb 9, 15).
580 El cumplimiento perfecto de la
Ley no podía ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a
la Ley en la persona del Hijo (cf Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no
aparece grabada en tablas de piedra sino "en el fondo del
corazón" (Jr 31, 33) del Siervo, quien, por "aportar
fielmente el derecho" (Is 42, 3), se ha convertido en "la
Alianza del pueblo" (Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar
sobre sí mismo "la maldición de la Ley" (Ga 3, 13) en la que
habían incurrido los que no "practican todos los preceptos de la
Ley" (Ga 3, 10) porque, ha intervenido su muerte para remisión de
las transgresiones de la Primera Alianza" (Hb 9, 15).
581 Jesús fue considerado por los
Judíos y sus jefes espirituales como un "rabbi" (cf. Jn 11,
28; 3, 2; Mt 22, 23-24, 34-36). Con frecuencia argumentó en el marco de
la interpretación rabínica de la Ley (cf. Mt 12, 5; 9, 12; Mc 2,
23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23). Pero al mismo tiempo, Jesús no podía
menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con
proponer su interpretación entre los suyos, sino que "enseñaba
como quien tiene autoridad y no como sus escribas" (Mt 7, 28-29).
La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la
Ley escrita, es la que en él se hace oír de nuevo en el Monte de las
Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1). Esa palabra no revoca la Ley sino que la
perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva:
"Habéis oído también que se dijo a los antepasados ... pero yo
os digo" (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba
ciertas "tradiciones humanas" (Mc 7, 8) de los fariseos que
"anulan la Palabra de Dios" (Mc 7, 13).
582 Yendo más lejos, Jesús da
plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la
vida cotidiana judía, manifestando su sentido "pedagógico"
(cf. Ga 3, 24) por medio de una interpretación divina: "Todo lo
que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro ... -así
declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale del hombre, eso es
lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los
hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar
con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio
enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su
interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con
que la acompañaba (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre,
en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda,
frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24),
que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf.
Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que
realizan sus curaciones.
II Jesús y el Templo
583 Como los profetas anteriores a
él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén.
Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su
nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en
el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su
Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los
años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio
público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo
de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14;
8, 2; 10, 22-23).
584 Jesús subió al Templo como
al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para él
la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio
exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los
mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: "no
hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se
acordaron de que estaba escrito: 'El celo por tu Casa me devorará' (Sal
69, 10)" (Jn 2, 16-17). Después de su Resurrección, los
Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2,
46; 3, 1; 5, 20. 21; etc.).
585 Jesús anunció, no obstante,
en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del
cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un
anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su
propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13, 35). Pero esta profecía pudo ser
deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo
sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y serle reprochada como injuriosa cuando
estaba clavado en la cruz (cf. Mt 27, 39-40).
586 Lejos de haber sido hostil al
Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo
esencial de su enseñanza (cf. Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el
impuesto del Templo asociándose con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien
acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (cf. Mt 16, 18).
Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada
definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso
su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22) anuncia la destrucción del Templo
que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la
salvación:"Llega la hora en que, ni en este monte, ni en
Jerusalén adoraréis al Padre"(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27,
51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).
III Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador
587 Si la Ley y el Templo pudieron
ser ocasión de "contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y
las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús,
para la redención de los pecados -obra divina por excelencia- acepta
ser verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (cf. Lc 20,
17-18; Sal 118, 22).
588 Jesús escandalizó a los
fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan
familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1).
Contra algunos de los "que se tenían por justos y despreciaban a
los demás" (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó:
"No he venido a llamar a conversión a justos, sino a
pecadores" (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente
a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8,
33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con
respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).
589 Jesús escandalizó sobre todo
porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la
actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6).
Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los
pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc
15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando
Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como
ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los
pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o
bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a
Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace
presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
590 Sólo la identidad divina de
la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como
ésta: "El que no está conmigo está contra mí" (Mt 12, 30);
lo mismo cuando dice que él es "más que Jonás ... más que
Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el Templo" (Mt 12,
6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su
Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes que naciese
Abraham, Yo soy" (Jn 8, 58); e incluso: "El Padre y yo somos
una sola cosa" (Jn 10, 30).
591 Jesús pidió a las
autoridades religiosas de Jerusalén creer en él en virtud de las obras
de su Padre que el realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía
pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo
"nacimiento de lo alto" (Jn 3, 7) atraído por la gracia
divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un
cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite
comprender el trágico desprecio del sanhedrín al estimar que Jesús
merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus
miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23,
34;Hch 3, 17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5;Rm 11,
25) de la "incredulidad" (Rm 11, 20).
Resumen
592 Jesús no abolió la Ley
del Sinaí, sino que la perfeccionó (cf. Mt 5, 17-19) de tal modo (cf.
Jn 8, 46) que reveló su hondo sentido (cf. Mt 5, 33) y satisfizo por
las transgresiones contra ella (cf. Hb 9, 15).
593 Jesús veneró el Templo
subiendo a él en peregrinación en las fiestas judías y amó con gran
celo esa morada de Dios entre los hombres. El Templo prefigura su
Misterio. Anunciando la destrucción del templo anuncia su propia muerte
y la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación, donde su
cuerpo será el Templo definitivo.
594 Jesús realizó obras como
el perdón de los pecados que lo revelaron como Dios Salvador (cf. Jn 5,
16-18). Algunos judíos que no le reconocían como Dios hecho hombre
(cf. Jn 1, 14) veían en él a "un hombre que se hace Dios"
(Jn 10, 33), y lo juzgaron como un blasfemo.
Párrafo 2
JESÚS MURIÓ CRUCIFICADO
I El proceso de Jesús
Divisiones de las autoridades judías respecto a Jesús
595 Entre las autoridades
religiosas de Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo (cf. Jn 7,
50) o el notable José de Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús
(cf. Jn 19, 38-39), sino que durante mucho tiempo hubo disensiones a
propósito de El (cf. Jn 9, 16-17; 10, 19-21) hasta el punto de que en
la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo decir de ellos que
"un buen número creyó en él", aunque de una manera muy
imperfecta (Jn 12, 42). Eso no tiene nada de extraño si se considera
que al día siguiente de Pentecostés "multitud de sacerdotes iban
aceptando la fe" (Hch 6, 7) y que "algunos de la secta de los
Fariseos ... habían abrazado la fe" (Hch 15, 5) hasta el punto de
que Santiago puede decir a S. Pablo que "miles y miles de judíos
han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley" (Hch
21, 20).
596 Las autoridades religiosas de
Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de
Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos amenazaron de excomunión a
los que le siguieran (cf. Jn 9, 22). A los que temían que "todos
creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro Lugar
Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás les
propuso profetizando: "Es mejor que muera uno solo por el pueblo y
no que perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50). El Sanedrín
declaró a Jesús "reo de muerte" (Mt 26, 66) como blasfemo,
pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn
18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta
política (cf. Lc 23, 2) lo que le pondrá en paralelo con Barrabás
acusado de "sedición" (Lc 23, 19). Son también las amenazas
políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que
éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).
Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús
597 Teniendo en cuenta la
complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre
el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los
protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato) lo cual solo
Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al
conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una
muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas
contenidas en las exhortaciones a la conversión después de
Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39;
13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc
23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la ignorancia"
(Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Y aún
menos, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre
nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que significa una
fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría ampliar
esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el
tiempo:
Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II:
"Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado
indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los
judíos de hoy...no se ha de señalar a los judíos como reprobados por
Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la Sagrada
Escritura" (NA 4).
Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo
598 La Iglesia, en el magisterio
de su fe y en el testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que
"los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de
todas las penas que soportó el divino Redentor" (Catech. R. I, 5,
11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a
Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar
a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús,
responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado
únicamente a los judíos:
Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que
continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones
las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la
cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el
mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen
a pública infamia (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro
crimen en este caso es mayor que el de los Judíos. Porque según el
testimonio del Apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían
crucificado jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros,
en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de El con
nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre El nuestras manos
criminales (Catech. R. 1, 5, 11).
Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con
ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía,
deleitándote en los vicios y en los pecados (S. Francisco de Asís,
admon. 5, 3).
II La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación
"Jesús entregado según el preciso designio de Dios"
599 La muerte violenta de Jesús
no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de
circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo
explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de
Pentecostés: "fue entregado según el determinado designio y
previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no
significa que los que han "entregado a Jesús" (Hch 3, 13)
fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por
Dios.
600 Para Dios todos los momentos
del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su
designio eterno de "predestinación" incluyendo en él la
respuesta libre de cada hombre a su gracia: "Sí, verdaderamente,
se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has
ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos
de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo
que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado" (Hch 4,
27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26,
54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch
3, 17-18).
"Muerto por nuestros pecados según las Escrituras"
601 Este designio divino de
salvación a través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is
53, 11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como
un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a
los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36).
S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber
"recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo ha muerto por
nuestros pecados según las Escrituras" (ibidem: cf.
también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de
Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is
53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y
de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28). Después de
su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los
discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles
(cf. Lc 24, 44-45).
"Dios le hizo pecado por nosotros"
602 En consecuencia, S. Pedro pudo
formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación:
"Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros
padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa,
como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de
la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de
vosotros" (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia
del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1
Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf.
Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa
del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo
pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en
él" (2 Co 5, 21).
603 Jesús no conoció la
reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en
el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos
asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado
hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal
22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores,
"Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por
todos nosotros" (Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados
con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal
604 Al entregar a su Hijo por
nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un
designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra
parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado
a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como
propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19).
"La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros
todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).
605 Jesús ha recordado al final
de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción:
"De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que
se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su
vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este último
término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la
única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5,
18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2,
2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción:
"no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido
Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).
III Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados
Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
606 El Hijo de Dios "bajado
del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha
enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: ... He
aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu voluntad ... En virtud de
esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para
siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer
instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de
salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la
voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34).
El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1
Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre:
"El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El
mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha
ordenado" (Jn 14, 31).
607 Este deseo de aceptar el
designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf.
Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón
de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero
¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El
cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y
todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19,
30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).
"El cordero que quita el pecado del mundo"
608 Juan Bautista, después de
haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21;
Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que
quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó
así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en
silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de
las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la
Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf.
Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión:
"Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre
609 Jesús, al aceptar en su
corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó
hasta el extremo" (Jn 13, 1) porque "Nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el
sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre
y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres
(cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su
pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre
quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy
voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del
Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18,
4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida
610 Jesús expresó de forma
suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce
Apóstoles (cf Mt 26, 20), en "la noche en que fue entregado"
(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre,
Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su
ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los
hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por
vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va
a ser derramada por muchos para remisión de los pecados"
(Mt 26, 28).
611 La Eucaristía que instituyó
en este momento será el "memorial" (1 Co 11, 25) de su
sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les
manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus
apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me consagro a
mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad"
(Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).
La agonía de Getsemaní
612 El cáliz de la Nueva Alianza
que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22,
20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de
Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose "obediente hasta la
muerte" (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si
es posible, que pase de mí este cáliz .." (Mt 26, 39). Expresa
así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta,
en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a
diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb
4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo
está asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida"
(Hch 3, 15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26).
Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf.
Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras
faltas en su cuerpo sobre el madero" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo
613 La muerte de Cristo es a la
vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención
definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del
"cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29; cf. 1 P 1,
19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que
devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8)
reconciliándole con El por "la sangre derramada por muchos para
remisión de los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).
614 Este sacrificio de Cristo es
único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10).
Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al
Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es
ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn
15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del
Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia
615 "Como por la
desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores,
así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos
justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús
llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí
mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de
muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas
soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y
satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
616 El "amor hasta el
extremo"(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de
reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo.
Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20;
Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno
murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5, 14). Ningún
hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre
sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por
todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al
mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le
constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio
redentor por todos.
617 "Sua sanctissima passione
in ligno crucis nobis justif icationem meruit" ("Por su
sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la
justificación")enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando
el carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de
salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando:
"O crux, ave, spes unica" ("Salve, oh cruz, única
esperanza", himno "Vexilla Regis").
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo
618 La Cruz es el único
sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los
hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada,
"se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), él
"ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo
conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). El llama
a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24)
porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que
sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su
sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros
beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en
forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al
misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):
Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa
de Lima, vida)
Resumen
619 "Cristo murió por
nuestros pecados según las Escrituras"(1 Co 15, 3).
620 Nuestra salvación procede
de la iniciativa del amor de Dios hacia nosotros porque "El nos
amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros
pecados" (1 Jn 4, 10). "En Cristo estaba Dios reconciliando al
mundo consigo" (2 Co 5, 19).
621 Jesús se ofreció
libremente por nuestra salvación. Este don lo significa y lo realiza
por anticipado durante la última cena: "Este es mi cuerpo que va a
ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19).
622 La redención de Cristo
consiste en que él "ha venido a dar su vida como rescate por
muchos" (Mt 20, 28), es decir "a amar a los suyos hasta el
extremo" (Jn 13, 1) para que ellos fuesen "rescatados de la
conducta necia heredada de sus padres" (1 P 1, 18).
623 Por su obediencia amorosa a
su Padre, "hasta la muerte de cruz" (Flp 2, 8) Jesús cumplió
la misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del Siervo doliente que
"justifica a muchos cargando con las culpas de ellos". (Is 53,
11; cf. Rm 5, 19).
Párrafo 3
JESUCRISTO FUE SEPULTADO
624 "Por la gracia de Dios,
gustó la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). En su designio de
salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente "muriese por
nuestros pecados" (1 Co 15, 3) sino también que "gustase la
muerte", es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de
separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido
entre el momento en que él expiró en la Cruz y el momento en que
resucitó . Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y
del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que
Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo
sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30)
la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero
(cf. Col 1, 18-20).
El cuerpo de Cristo en el sepulcro
625 La permanencia de Cristo en el
sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo
antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma
persona de "El que vive" que puede decir: "estuve muerto,
pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 18):
Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo,
según el orden necesario de la natur aleza pero los reunió de nuevo,
uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser El mismo en
persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo
en él la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y
resultando él mismo el principio de reunión de las partes separadas
(S. Gregorio Niceno, or. catech. 16).
626 Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la
muerte" (Hch 3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha
resucitado" (Lc 24, 5-6), era necesario que la persona divina del
Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados
entre sí por la muerte:
Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada de
la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas;
porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón
desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque
separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y
única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).
"No dejarás que tu santo vea la corrupción"
627 La muerte de Cristo fue una
verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena.
Pero a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su
cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque "no
era posible que la muerte lo dominase" (Hch 2, 24) y por eso de
Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la tierra de los
vivos" (Is 53, 8); y: "mi carne reposará en la esperanza de
que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo
experimente la corrupción" (Hch 2,26-27; cf.Sal 16, 9-10). La
Resurrección de Jesús "al tercer día" (1Co 15, 4; Lc 24,
46; cf. Mt 12, 40; Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también
porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto
día (cf. Jn 11, 39).
"Sepultados con Cristo ... "
628 El Bautismo, cuyo signo
original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del
cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida:
"Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a
fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por
medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida
nueva" (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).
Resumen
629 Jesús gustó la muerte
para bien de todos (cf. Hb 2, 9). Es verdaderamente el Hijo de Dios
hecho hombre que murió y fue sepultado.
630 Durante el tiempo que
Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo
tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa
de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo "no conoció la
corrupción" (Hch 13,37).
ARTÍCULO 5
"JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS,
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS"
631 "Jesús bajó a las
regiones inferiores de la tierra. Este que bajó es el mismo que
subió" (Ef 4, 9-10). El Símbolo de los Apóstoles confiesa en un
mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los infiernos y su
Resurrección de los muertos al tercer día, porque es en su Pascua
donde, desde el fondo de la muerte, él hace brotar la vida:
Christus, Filius tuus,
qui, regressus ab inferis,
humano generi serenus illuxit,
et vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.
(Es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos.Amén).
(MR, Vigilia pascual 18: Exultet)
Párrafo 1
CRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS
632 Las frecuentes afirmaciones
del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre
los muertos" (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que,
antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos (cf.
Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al
descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos
los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha
descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que
estaban allí detenidos (cf. 1 P 3,18-19).
633 La Escritura llama infiernos,
sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada
de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se
encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6;
88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de
todos los muertos, malos o justos (cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32,
17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo
enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el
"seno de Abraham" (cf. Lc 16, 22-26). "Son precisamente
estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham,
a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos"
(Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí
a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni para destruir
el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077) sino para liberar a
los justos que le habían precedido (cf. Cc de Toledo IV en el año 625;
DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).
634 "Hasta a los muertos ha
sido anunciada la Buena Nueva ..." (1 P 4, 6). El descenso a los
infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la
salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase
condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su significado real
de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los
tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen
partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la
profundidad de la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para
"que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan
vivan" (Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la vida" (Hch
3, 15) aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte, es
decir, al Diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de
por vida sometidos a esclavitud "(Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo
resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1,
18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la
tierra y en los abismos" (Flp 2, 10).
Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran
soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y
se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar
a los que dormían desde hacía siglos ... Va a buscar a Adán, nuestro
primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se
encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar
de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es al
mismo tiempo su Dios y su Hijo...'Yo soy tu Dios y por tu causa he sido
hecho tu Hijo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para
que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate de entre los
muertos, yo soy la vida de los muertos (Antigua homilía para el Sábado
Santo).
Resumen
636 En la expresión
"Jesús descendió a los infiernos", el símbolo confiesa que
Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha
vencido a la muerte y al Diablo "Señor de la muerte" (Hb 2,
14).
637 Cristo muerto, en su alma
unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió
las puertas del cielo a los justos que le habían precedido.
Párrafo 2
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
638 "Os anunciamos la Buena
Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en
nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La
Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo,
creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central,
transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los
documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del
Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:
Cristo resucitó de entre los muertos.
Con su muerte venció a la muerte.
A los muertos ha dado la vida.
(Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)
I El acontecimiento histórico y transcendente
639 El misterio de la
resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo
manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo
Testamento. Ya San Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los
Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez
recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;
que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El
Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección
que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf.
Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío
640 "¿Por qué buscar entre
los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24,
5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento
que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa.
La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de
otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro
vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento
por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho
de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres
(cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El
discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el
sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20,
6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el
estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de
Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto
simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf.
Jn 11, 44).
Las apariciones del Resucitado
641 María Magdalena y las santas
mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc
24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada
del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al
Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las
primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios
Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos,
primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a
confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al
Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la
comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha
aparecido a Simón!" (Lc 24, 34).
642 Todo lo que sucedió en estas
jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles - y a Pedro
en particular - en la construcción de la era nueva que comenzó en la
mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las
piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de
creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de
los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos
"testigos de la Resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22) son
ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla
claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús
en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co
15, 4-8).
643 Ante estos testimonios es
imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden
físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los
hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de
la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de
antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan
grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron
tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de
mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los
evangelios nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara
sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no
creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y "sus
palabras les parecían como desatinos" (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11.
13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua
"les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no
haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).
644 Tan imposible les parece la
cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los
discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf.
Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban
asombrados" (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la
duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida
por Mateo, "algunos sin embargo dudaron" (Mt 28, 17). Por esto
la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un
"producto" de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no
tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació -
bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la
realidad de Jesús resucitado.
El estado de la humanidad resucitada de Cristo
645 Jesús resucitado establece
con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24,
39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9.
13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc
24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el
que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y
crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24,
40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al
mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está
situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su
voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15.
36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser
retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del
Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es
soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un
jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o "bajo otra figura" (Mc 16, 12)
distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para
suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).
646 La Resurrección de Cristo no
fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones
que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de
Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las
personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de
Jesús, una vida terrena "ordinaria". En cierto momento,
volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente
diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra
vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo
de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida
divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de
Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1 Co 15, 35-50).
La resurrección como acontecimiento transcendente
647 "¡Qué noche tan
dichosa, canta el 'Exultet' de Pascua, sólo ella conoció el momento en
que Cristo resucitó de entre los muertos!". En efecto, nadie fue
testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún
evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente.
Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue
perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la
señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los
apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece
menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y
sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al
mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, "a los que habían
subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos
ante el pueblo" (Hch 13, 31).
II La Resurrección obra de la Santísima Trinidad
648 La Resurrección de Cristo es
objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo
en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas
actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza
por el poder del Padre que "ha resucitado" (cf. Hch 2, 24) a
Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su
humanidad - con su cuerpo - en la Trinidad. Jesús se revela
definitivamente "Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de
santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4).
San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2
Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu
que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al
estado glorioso de Señor.
649 En cuanto al Hijo, él realiza
su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que
el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar
(sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra
parte, él afirma explícitamente: "doy mi vida, para recobrarla de
nuevo ... Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo"
(Jn 10, 17-18). "Creemos que Jesús murió y resucitó" (1 Te
4, 14).
650 Los Padres contemplan la
Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció
unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte:
"Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en
cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la
muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la
Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San
Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).
III Sentido y alcance salvífico de la Resurrección
651 "Si no resucitó Cristo,
vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe"(1 Co 15,
14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo
que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más
inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si
Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad
divina según lo había prometido.
652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento
de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y
del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc
24, 6-7). La expresión "según las Escrituras" (cf. 1 Co 15,
3-4 y el Símbolo nicenoconstantinopolitano) indica que la Resurrección
de Cristo cumplió estas predicciones.
653 La verdad de la divinidad
de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho:
"Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que
Yo Soy" (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que
verdaderamente, él era "Yo Soy", el Hijo de Dios y Dios
mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: "La Promesa hecha a los
padres Dios la ha cumplido en nosotros ... al resucitar a Jesús, como
está escrito en el salmo primero: 'Hijo mío eres tú; yo te he
engendrado hoy" (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de
Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo
de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.
654 Hay un doble aspecto en el
misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su
Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer
lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios
(cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de
entre los muertos ... así también nosotros vivamos una nueva
vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el
pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1,
3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten
en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos
después de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt
28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la
gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real
en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su
Resurrección.
655 Por último, la Resurrección
de Cristo - y el propio Cristo resucitado - es principio y fuente de nuestra
resurrección futura: "Cristo resucitó de entre los muertos
como primicias de los que durmieron ... del mismo modo que en Adán
mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15,
20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en
el corazón de sus fieles. En El los cristianos "saborean los
prodigios del mundo futuro" (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por
Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan
para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por
ellos" (2 Co 5, 15).
Resumen
656 La fe en la Resurrección
tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado
por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y
misteriosamente transcendente en cuanto entrada de la humanidad de
Cristo en la gloria de Dios.
657 El sepulcro vacío y las
vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha
escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la
corrupción . Preparan a los discípulos para su encuentro con el
Resucitado.
658 Cristo, "el
primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18), es el principio de
nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de
nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la vivificación de nuestro
cuerpo (cf. Rm 8, 11).
ARTÍCULO 6
“JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS,
Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”
659 "Con esto, el Señor
Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la
diestra de Dios" (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado
desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades
nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta
para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta
días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf.
Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún
queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12;
Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina
con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina
simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13,
22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la
derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110,
1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a
Pablo "como un abortivo" (1 Co 15, 8) en una última
aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).
660 El carácter velado de la
gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus
palabras misteriosas a María Magdalena: "Todavía no he subido al
Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre,
a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia
de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo
exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y
transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.
661 Esta última etapa permanece
estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo
realizada en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre"
puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha
subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre"
(Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad
no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y
a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al
hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que
nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de
seguirlo en su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).
662 "Cuando yo sea levantado
de la tierra, atraeré a todos hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación
en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo.
Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y
eterna, no "penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, ...
sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de
Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce
permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar
perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre
vivo para interceder en su favor"(Hb 7, 25). Como "Sumo
Sacerdote de los bienes futuros"(Hb 9, 11), es el centro y el
oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf.
Ap 4, 6-11).
663 Cristo, desde entonces, está
sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre
entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía
como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial
al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de
que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG
94, 1104C).
664 Sentarse a la derecha del
Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la
visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se
le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas
le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su
reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este
momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino
que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).
Resumen
665 La ascensión de Jesucristo
marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio
celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras
tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).
666 Jesucristo, cabeza de la
Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros,
miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él
eternamente.
667 Jesucristo, habiendo
entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar
por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la
efusión del Espíritu Santo.
ARTÍCULO 7
“DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS”
I Volverá en gloria
Cristo reina ya mediante la Iglesia ...
668 "Cristo murió y volvió
a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9).
La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su
humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor:
Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima
de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre
"bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo
es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la
historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación
encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.
669 Como Señor, Cristo es también
la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al
cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la
tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que
Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef
4, 11-13). "La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en
misterio", "constituye el germen y el comienzo de este Reino
en la tierra" (LG 3;5).
670 Desde la Ascensión, el
designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la "última
hora" (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). "El final de la historia ha
llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de
manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por
anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se
caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta"
(LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos
milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia
(cf. Mc 16, 20).
... esperando que todo le sea sometido
671 El Reino de Cristo, presente
ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran
poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del
Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes
del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos
en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido
sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y
nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva
en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la
imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que
gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de
los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden,
sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el
retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor
Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).
672 Cristo afirmó antes de su
Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del
Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los
profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden
definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según
el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8),
pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza"
(1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la
Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1
Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt
25, 1-13; Mc 13, 33-37).
El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel
673 Desde la Ascensión, el
advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun
cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que
ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32).
Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento
(cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final
que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios
(cf. 2 Te 2, 3-12).
674 La Venida del Mesías
glorioso, en un momento determinad o de la historia se vincula al
reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt
23, 39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en
"la incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro
dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés:
"Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean
borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y
envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe
retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que
Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo
le hace eco: "si su reprobación ha sido la reconciliación del
mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los
muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos"
(Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de "la
plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de
Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual
"Dios será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).
La última prueba de la Iglesia
675 Antes del advenimiento de
Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la
fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que
acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15,
19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de
una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución
aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la
verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir,
la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo
colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf.
2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).
676 Esta impostura del Anticristo
aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo
la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino
más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico:
incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación
del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo
bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente
perverso" (cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena
el "falso misticismo" de esta "falsificación de la
redención de los humildes"; GS 20-21).
677 La Iglesia sólo entrará en
la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá
a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino
no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la
Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una
victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20,
7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4).
El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio
final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este
mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).
II Para juzgar a vivos y muertos
678 Siguiendo a los profetas (cf.
Dn 7, 10; Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús
anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se
pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el
secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4,
5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en
nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La
actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la
gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último
día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
679 Cristo es Señor de la vida
eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los
corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo.
"Adquirió" este derecho por su Cruz. El Padre también ha
entregado "todo juicio al Hijo" (Jn 5, 22;cf. Jn 5, 27; Mt 25,
31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para
juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él
(cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que
cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido
según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse
eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6;
10, 26-31).
Resumen
680 Cristo, el Señor, reina ya
por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de
este mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último
asalto de las fuerzas del mal.
681 El día del Juicio, al fin
del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo
definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán
crecido juntos en el curso de la historia.
682 Cristo glorioso, al venir
al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la
disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según
sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia.
CAPÍTULO TERCERO
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
683 "Nadie puede decir:
"¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu
Santo" (1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este
conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar
en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído
por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros
la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que
tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica
íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por
medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores
del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el
Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad.
Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el
Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre
es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu
Santo (San Ireneo, dem. 7).
684 El Espíritu Santo con su
gracia es el "primero" que nos despierta en la fe y nos inicia
en la vida nueva que es: "que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). No obstante, es
el "último" en la revelación de las personas de la Santísima
Trinidad . San Gregorio Nacianceno, "el Teólogo", explica
esta progresión por medio de la pedagogía de la
"condescendencia" divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más
obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever
la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía
entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En efecto,
no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad del Padre,
proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no
era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo
suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida ... Así por
avances y progresos "de gloria en gloria", es como la luz de
la Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos (San
Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 26).
685 Creer en el Espíritu Santo
es, por tanto, profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de
la Santísima Trinidad Santa, consubstancial al Padre y al Hijo,
"que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración
gloria" (Símbolo de Nicea-Constantinopla). Por eso se ha hablado
del misterio divino del Espíritu Santo en la "teología"
trinitaria, en tanto que aquí no se tratará del Espíritu Santo sino
en la "Economía" divina.
686 El Espíritu Santo coopera con
el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación
y hasta su consumación. Pero es en los "últimos tiempos",
inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu
se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona.
Entonces, este Designio Divino, que se consuma en Cristo, "primogénito"
y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu
que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de
los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.
ARTÍCULO 8
“CREO EN EL ESPÍRITU SANTO”
687 "Nadie conoce lo íntimo
de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu
que lo revela nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero
no se revela a sí mismo. El que "habló por los profetas" nos
hace oír la Palabra del Padre. Pero a él no le oímos. No le conocemos
sino en la obra mediante la cual nos revela al Verbo y nos dispone a
recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de verdad que nos
"desvela" a Cristo "no habla de sí mismo" (Jn 16,
13). Un ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica por qué
"el mundo no puede recibirle, porque no le ve ni le conoce",
mientras que los que creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos
(Jn 14, 17).
688 La Iglesia, Comunión viviente
en la fe de los apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro
conocimiento del Espíritu Santo:
– en las Escrituras que El ha inspirado:
– en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos
siempre actuales;
– en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
– en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos,
en donde el Espíritu Santo nos pone en Comunión con Cristo;
– en la oración en la cual El intercede por nosotros;
– en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la
Iglesia;
– en los signos de vida apostólica y misionera;
– en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y
continúa la obra de la salvación.
I La misión conjunta del Hijo y del Espíritu Santo
689 Aquel al que el Padre ha
enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es
realmente Dios. Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de
ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor
para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad vivificante,
consubstancial e individible, la fe de la Iglesia profesa también la
distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo, envía
también su aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu
Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien
se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu
Santo quien lo revela.
690 Jesús es Cristo,
"ungido", porque el Espíritu es su Unción y todo lo que
sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf. Jn 3, 34).
Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de
junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: El les
comunica su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo
glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta y mutua se desplegará
desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su
Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y
hacerles vivir en él:
La noción de la unción sugiere ...que no hay ninguna distancia entre
el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la
superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los
sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto
del Hijo con el Espíritu... de tal modo que quien va a tener contacto
con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con
el óleo. En efecto, no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu
Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se
hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu
desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San Gregorio
Niceno, Spir. 3, 1).
II El nombre, los apelativos y los símbolos del Espíritu Santo
El nombre propio del Espíritu Santo
691 "Espíritu Santo",
tal es el nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos con el
Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo
profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos (cf. Mt 28, 19).
El término "Espíritu" traduce el término hebreo
"Ruah", que en su primera acepción significa soplo, aire,
viento. Jesús utiliza precisamente la imagen sensible del viento para
sugerir a Nicodemo la novedad transcendente del que es personalmente el
Soplo de Dios, el Espíritu divino (Jn 3, 5-8). Por otra parte, Espíritu
y Santo son atributos divinos comunes a las Tres Personas divinas. Pero,
uniendo ambos términos, la Escritura, la Liturgia y el lenguaje teológico
designan la persona inefable del Espíritu Santo, sin equívoco posible
con los demás empleos de los términos "espíritu" y
"santo".
Los apelativos del Espíritu Santo
692 Jesús, cuando anuncia y
promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito",
literalmente "aquél que es llamado junto a uno",
"advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). "Paráclito"
se traduce habitualmente por "Consolador", siendo Jesús el
primer consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu
Santo "Espíritu de Verdad" (Jn 16, 13).
693 Además de su nombre propio,
que es el más empleado en el libro de los Hechos y en las cartas de los
apóstoles, en San Pablo se encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu
de la promesa(Ga 3, 14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15;
Ga 4, 6), el Espíritu de Cristo (Rm 8, 11), el Espíritu del Señor (2
Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm 8, 9.14; 15, 19; 1 Co 6, 11; 7, 40),
y en San Pedro, el Espíritu de gloria (1 P 4, 14).
Los símbolos del Espíritu Santo
694 El agua. El simbolismo
del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el
Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta
se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del
mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el
agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento
a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero "bautizados
en un solo Espíritu", también "hemos bebido de un solo Espíritu"(1
Co 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva
que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su
manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7,
38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).
695 La unción. El
simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu
Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1
Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el signo
sacramental de la Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de
Oriente "Crismación". Pero para captar toda la fuerza que
tiene, es necesario volver a la Unción primera realizada por el Espíritu
Santo: la de Jesús. Cristo ["Mesías" en hebreo] significa
"Ungido" del Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo
"ungidos" del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente el
rey David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una
manera única: La humanidad que el Hijo asume está totalmente
"ungida por el Espíritu Santo". Jesús es constituido
"Cristo" por el Espíritu Santo (cf. Lc 4, 18-19; Is 61, 1).
La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo quien por medio
del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2,11) e
impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor(cf. Lc 2,
26-27); es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1) y cuyo poder emana
de Cristo en sus curaciones y en sus acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19;
8, 46). Es él en fin quien resucita a Jesús de entre los muertos (cf.
Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto, constituido plenamente "Cristo" en
su Humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye
profusamente el Espíritu Santo hasta que "los santos"
constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de Dios, "ese
Hombre perfecto ... que realiza la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13):
"el Cristo total" según la expresión de San Agustín.
696 El fuego. Mientras que
el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el
Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los
actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió como el
fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" (Si 48, 1), con su
oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte
Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que
transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede al Señor con
el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a Cristo
como el que "bautizará en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc
3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego
sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!"
(Lc 12, 49). Bajo la forma de lenguas "como de fuego", como el
Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés
y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará
este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción
del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva).
"No extingáis el Espíritu"(1 Te 5, 19).
697 La nube y la luz. Estos
dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu
Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces
oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así
un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña
del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33,
9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10,
1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues
bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El
es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su
sombra" para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En
la montaña de la Transfiguración es El quien "vino en una nube y
cubrió con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro,
Santiago y Juan, y "se oyó una voz desde la nube que decía: Este
es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-35). Es, finalmente,
la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de los discípulos
el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del
hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).
698 El sello es un símbolo
cercano al de la unción. En efecto, es Cristo a quien "Dios ha
marcado con su sello" (Jn 6, 27) y el Padre nos marca también
en él con su sello (2 Co 1, 22; Ef 1, 13; 4, 30). Como la imagen del
sello ["sphragis"] indica el carácter indeleble de la Unción
del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación
y del Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones teológicas
para expresar el "carácter" imborrable impreso por estos tres
sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados.
699 La mano. Imponiendo las
manos Jesús cura a los enfermos(cf. Mc 6, 5; 8, 23) y bendice a los niños
(cf. Mc 10, 16).En su Nombre, los Apóstoles harán lo mismo (cf. Mc 16,
18; Hch 5, 12; 14, 3). Más aún, mediante la imposición de manos de
los Apóstoles el Espíritu Santo nos es dado (cf. Hch 8, 17-19; 13, 3;
19, 6). En la carta a los Hebreos, la imposición de las manos figura en
el número de los "artículos fundamentales" de su enseñanza
(cf. Hb 6, 2). Este signo de la efusión todopoderosa del Espíritu
Santo, la Iglesia lo ha conservado en sus epíclesis sacramentales.
700 El dedo. "Por el
dedo de Dios expulso yo [Jesús] los demonios" (Lc 11, 20). Si la
Ley de Dios ha sido escrita en tablas de piedra "por el dedo de
Dios" (Ex 31, 18), la "carta de Cristo" entregada a los
Apóstoles "está escrita no con tinta, sino con el Espíritu de
Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón"
(2 Co 3, 3). El himno "Veni Creator" invoca al Espíritu Santo
como "digitus paternae dexterae" ("dedo de la diestra del
Padre").
701 La paloma. Al final del
diluvio (cuyo simbolismo se refiere al Bautismo), la paloma soltada por
Noé vuelve con una rama tierna de olivo en el pico, signo de que la
tierra es habitable de nuevo(cf. Gn 8, 8-12). Cuando Cristo sale del
agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, baja y se
posa sobre él (cf. Mt 3, 16 par.). El Espíritu desciende y reposa en
el corazón purificado de los bautizados. En algunos templos, la santa
Reserva eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma
de paloma (el columbarium), suspendido por encima del altar. El símbolo
de la paloma para sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la
iconografía cristiana.
III El Espíritu y la Palabra de Dios en el tiempo de las promesas
702 Desde el comienzo y hasta
"la plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), la Misión conjunta
del Verbo y del Espíritu del Padre permanece oculta pero activa.
El Espíritu de Dios preparaba entonces el tiempo del Mesías, y ambos,
sin estar todavía plenamente revelados, ya han sido prometidos a fin de
ser esperados y aceptados cuando se manifiesten. Por eso, cuando la
Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf. 2 Co 3, 14), investiga en él
(cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu, "que habló por los
profetas", quiere decirnos acerca de Cristo.
Por "profetas", la fe de la Iglesia entiende aquí a todos los
que fueron inspirados por el Espíritu Santo en el vivo anuncio y en la
redacción de los Libros Santos, tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento. La tradición judía distingue la Ley [los cinco primeros
libros o Pentateuco], los Profetas [que nosotros llamamos los libros
históricos y proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales, en
particular los Salmos, cf. Lc 24, 44].
En la Creación
703 La Palabra de Dios y su Soplo
están en el origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33,
6; 104, 30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):
Es justo que el Espíritu Santo reine, santifique y anime la creación
porque es Dios consubstancial al Padre y al Hijo ... A El se le da el
poder sobre la vida, porque siendo Dios guarda la creación en el Padre
por el Hijo (Liturgia bizantina, Tropario de maitines, domingos del
segundo modo).
704 "En cuanto al hombre, es
con sus propias manos [es decir, el Hijo y el Espíritu Santo] como Dios
lo hizo ... y él dibujó sobre la carne moldeada su propia forma, de
modo que incluso lo que fuese visible llevase la forma divina" (San
Ireneo, dem. 11).
El Espíritu de la promesa
705 Desfigurado por el pecado y
por la muerte, el hombre continua siendo "a imagen de Dios", a
imagen del Hijo, pero "privado de la Gloria de Dios" (Rm 3,
23), privado de la "semejanza". La Promesa hecha a Abraham
inaugura la Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo
mismo asumirá "la imagen" (cf. Jn 1, 14; Flp 2, 7) y la
restaurará en "la semejanza" con el Padre volviéndole a dar
la Gloria, el Espíritu "que da la Vida".
706 Contra toda esperanza humana,
Dios promete a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder
del Espíritu Santo (cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13;
Rm 4, 16-21). En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra
(cf. Gn 12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf. Ga 3, 16) en quien
la efusión del Espíritu Santo formará "la unidad de los hijos de
Dios dispersos" (cf. Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento
(cf. Lc 1, 73), Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22,
17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16) y al don del "Espíritu Santo de la
Promesa, que es prenda ... para redención del Pueblo de su posesión"
(Ef 1, 13-14; cf. Ga 3, 14).
En las Teofanías y en la Ley
707 Las Teofanías
[manifestaciones de Dios] iluminan el camino de la Promesa, desde los
Patriarcas a Moisés y desde Josué hasta las visiones que inauguran la
misión de los grandes profetas. La tradición cristiana siempre ha
reconocido que, en estas Teofanías, el Verbo de Dios se dejaba ver y oír,
a la vez revelado y "cubierto" por la nube del Espíritu
Santo.
708 Esta pedagogía de Dios
aparece especialmente en el don de la Ley (cf. Ex 19-20; Dt 1-11;
29-30), que fue dada como un "pedagogo" para conducir al
Pueblo hacia Cristo (Ga 3, 24). Pero su impotencia para salvar al hombre
privado de la "semejanza" divina y el conocimiento creciente
que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20) suscitan el deseo del Espíritu
Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.
En el Reino y en el Exilio
709 La Ley, signo de la Promesa y
de la Alianza, habría debido regir el corazón y las instituciones del
Pueblo salido de la fe de Abraham. "Si de veras escucháis mi voz y
guardáis mi alianza, ... seréis para mí un reino de sacerdotes y una
nación santa" (Ex 19,5-6; cf. 1 P 2, 9). Pero, después de David,
Israel sucumbe a la tentación de convertirse en un reino como las demás
naciones. Pues bien, el Reino objeto de la promesa hecha a David (cf. 2
S 7; Sal 89; Lc 1, 32-33) será obra del Espíritu Santo; pertenecerá a
los pobres según el Espíritu.
710 El olvido de la Ley y la
infidelidad a la Alianza llevan a la muerte: el Exilio, aparente fracaso
de las Promesas, es en realidad fidelidad misteriosa del Dios Salvador y
comienzo de una restauración prometida, pero según el Espíritu. Era
necesario que el Pueblo de Dios sufriese esta purificación (cf. Lc 24,
26); el Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en el Designio de Dios, y
el Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de la figuras más
transparentes de la Iglesia.
La espera del Mesías y de su Espíritu
711 "He aquí que yo lo
renuevo"(Is 43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una
se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu
nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres
(cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la "consolación de
Israel" y "la redención de Jerusalén" (cf. Lc 2, 25.
38).
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren.
A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la
relación del Mesías y de su Espíritu.
712 Los rasgos del rostro del Mesías
esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12)
("cuando Isaías tuvo la visión de la Gloria" de Cristo: Jn
12, 41), en particular en Is 11, 1-2:
Saldrá un vástago del tronco de Jesé,
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
713 Los rasgos del Mesías se
revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12,
18-21; Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en
fin Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la
Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para
vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra
"condición de esclavos" (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra
muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.
714 Por eso Cristo inaugura el
anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4,
18-19; cf. Is 61, 1-2):
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
715 Los textos proféticos que se
refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los
que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa,
con los acentos del "amor y de la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19;
36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento
proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21). Según
estas promesas, en los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor
renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva;
reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos;
transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los
hombres en la paz.
716 El Pueblo de los
"pobres" (cf. So 2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1;
etc.), los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios
misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino
del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión
escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para
preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo,
purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos.
En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor "un pueblo
bien dispuesto" (cf. Lc 1, 17).
IV El Espíritu de Cristo en la plenitud de los tiempos
Juan, Precursor, Profeta y Bautista
717 "Hubo un hombre, enviado
por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu
Santo ya desde el seno de su madre" (Lc 1, 15. 41) por obra del
mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu
Santo. La "visitación" de María a Isabel se convirtió así
en "visita de Dios a su pueblo" (Lc 1, 68).
718 Juan es "Elías que debe
venir" (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace
correr delante [como "precursor"] del Señor que viene. En
Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de "preparar
al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc 1, 17).
719 Juan es "más que un
profeta" (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el
"hablar por los profetas". Juan termina el ciclo de los
profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia
de la consolación de Israel, es la "voz" del Consolador que
llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad,
"vino como testigo para dar testimonio de la luz" (Jn 1, 7;cf.
Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las
"indagaciones de los profetas" y la ansiedad de los ángeles
(1 P 1, 10-12): "Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se
queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo ... Y yo
lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios ... He ahí
el Cordero de Dios" (Jn 1, 33-36).
720 En fin, con Juan Bautista, el
Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en
Cristo: volver a dar al hombre la "semejanza" divina. El
bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu
será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).
“Alégrate, llena de gracia”
721 María, la Santísima Madre de
Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del
Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el
designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre
encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden
habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la
sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente
con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y
representada en la Liturgia como el trono de la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que
el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
722 El Espíritu Santo preparó
a María con su gracia . Convenía que fuese "llena de gracia"
la madre de Aquél en quien "reside toda la Plenitud de la
Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado,
por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más
capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel
Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate"
(cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la
acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia,
esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu
Santo (cf. Lc 1, 46-55).
723 En María el Espíritu Santo realiza
el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo
de Dios por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en
fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc
1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).
724 En María, el Espíritu Santo manifiesta
al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de
la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en
la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2,
15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).
725 En fin, por medio de María,
el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los
hombres "objeto del amor benevolente de Dios" (cf. Lc 2, 14),
y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los
magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.
726 Al término de esta Misión
del Espíritu, María se convierte en la "Mujer", nueva Eva
"madre de los vivientes", Madre del "Cristo total"
(cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que
"perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1,
14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu
va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la
Iglesia.
Cristo Jesús
727 Toda la Misión del Hijo y del
Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo
es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe hay que leerlo a la luz
de esto. Toda la obra de Cristo es misión conjunta del Hijo y del Espíritu
Santo. Aquí se mencionará solamente lo que se refiere a la promesa del
Espíritu Santo hecha por Jesús y su don realizado por el Señor
glorificado.
728 Jesús no revela plenamente el
Espíritu Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte
y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su
enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento
para la vida del mundo (cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo sugiere también a
Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf. Jn 4, 10. 14. 23-24) y a
los que participan en la fiesta de los Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39).
A sus discípulos les habla de él abiertamente a propósito de la oración
(cf. Lc 11, 13) y del testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10,
19-20).
729 Solamente cuando ha llegado la
Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu
Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la
Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17,
26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre
en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre
de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del
Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con
nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo
y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de
él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En
cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de
juicio.
730 Por fin llega la Hora de Jesús
(cf. Jn 13, 1; 17, 1): Jesús entrega su espíritu en las manos del
Padre (cf. Lc 23, 46; Jn 19, 30) en el momento en que por su Muerte es
vencedor de la muerte, de modo que, "resucitado de los muertos por
la Gloria del Padre" (Rm 6, 4), enseguida da a sus discípulos
el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos su aliento (cf. Jn 20, 22). A
partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte
en la misión de la Iglesia: "Como el Padre me envió, también yo
os envío" (Jn 20, 21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48; Hch 1, 8).
V El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos
Pentecostés
731 El día de Pentecostés (al término
de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la
efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como
Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36),
derrama profusamente el Espíritu.
732 En este día se revela
plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por
Cristo está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la
carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima
Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al
mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el
Reino ya heredado, pero todavía no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial,
hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible
porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de
Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas después
de la comunión)
El Espíritu Santo, El Don de Dios
733 "Dios es Amor" (1 Jn
4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás.
Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5).
734 Puesto que hemos muerto, o al
menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del
Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu
Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los
bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
735 El nos da entonces las
"arras" o las "primicias" de nuestra herencia (cf.
Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la Vida misma de la Santísima Trinidad que es
amar "como él nos ha amado" (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor
(la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo,
hecha posible porque hemos "recibido una fuerza, la del Espíritu
Santo" (Hch 1, 8).
736 Gracias a este poder del Espíritu
Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la
Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es
caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22-23). "El Espíritu es nuestra
Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16,
24-26), más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5,
25):
Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos
restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la
adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de
participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de
tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir. 15,36).
El Espíritu Santo y la Iglesia
737 La misión de Cristo y del Espíritu
Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu
Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo
en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara
a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo.
Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y
abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace
presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para
reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para
que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).
738 Así, la misión de la Iglesia
no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su
sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para
anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la
Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo
artículo):
Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber,
el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios ya que
por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga
que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este
Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a
aquellos que son distintos entre sí ... y hace que todos aparezcan como
una sola cosa en él .
Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace
que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo,
pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita
en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual
(San Cirilo de Alejandría, Jo 12).
739 Puesto que el Espíritu Santo
es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo
distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos
en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio,
asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo
entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su
Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será
el objeto de la segunda parte del Catecismo).
740 Estas "maravillas de
Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia,
producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu
(esto será el objeto de la tercera parte del Catecismo).
741 "El Espíritu viene en
ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene;
mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las obras
de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la cuarta
parte del Catecismo).
Resumen
742 "La prueba de que sois
hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que clama:Abba, Padre" (Ga 4, 6).
743 Desde el comienzo y hasta
de la consumación de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía
siempre a su Espíritu: la misión de ambos es conjunta e inseparable.
744 En la plenitud de los
tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones
para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu
Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanue l, "Dios con
nosotros" (Mt 1, 23).
745 El Hijo de Dios es
consagrado Cristo [Mesías] mediante la Unción del Espíritu Santo en
su Encarnación (cf. Sal 2, 6-7).
746 Por su Muerte y su
Resurrección, Jesús es constituído Señor y Cristo en la gloria (Hch
2, 36). De su plenitud derrama el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y
la Iglesia.
747 El Espíritu Santo que
Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica
a la Iglesia. Ella es el sacramento de la Comunión de la Santísima
Trinidad con los hombres.
ARTÍCULO 9
“CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA”
748 "Cristo es la luz de los
pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu
Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de
Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el
evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la
"Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio
Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre
la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a
Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es,
según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a
la luna cuya luz es reflejo del sol.
749 El artículo sobre la Iglesia
depende enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu
Santo. "En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu
Santo es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es
El quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catech. R. 1, 10, 1).
La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar "donde
florece el Espíritu" (San Hipóli to, t.a. 35).
750 Creer que la Iglesia es
"Santa" y "Católica", y que es "Una" y
"Apostólica" (como añade el Símbolo
nicenoconstantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo
y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión
de creer que existe una Iglesia Santa ("Credo ... Ecclesiam"),
y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y
para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha
puesto en su Iglesia (cf. Catech. R. 1, 10, 22).
Párrafo 1
LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS
I Los nombres y las imágenes de la Iglesia
751 La palabra "Iglesia"
["ekklèsia", del griego "ek-kalein" - "llamar
fuera"] significa "convocación". Designa asambleas del
pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término
frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para
designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre
todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió
la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose
a sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad de
los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En
ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde todos los confines de
la tierra. El término "Kiriaké", del que se deriva las
palabras "church" en inglés, y "Kirche" en alemán,
significa "la que pertenece al Señor".
752 En el lenguaje cristiano, la
palabra "Iglesia" designa no sólo la asamblea litúrgica (cf.
1 Co 11, 18; 14, 19. 28. 34. 35), sino también la comunidad local (cf.
1 Co 1, 2; 16, 1) o toda la comunidad universal de los creyentes (cf. 1
Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6). Estas tres significaciones son
inseparables de hecho. La "Iglesia" es el pueblo que Dios reúne
en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe en las comunidades locales
y se realiza como asamblea litúrgica, sobre todo eucarística. La
Iglesia vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene
a ser ella misma Cuerpo de Cristo.
Los símbolos de la Iglesia
753 En la Sagrada Escritura
encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí,
mediante las cuales la revelación habla del Misterio inagotable de la
Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen
variaciones de una idea de fondo, la del "Pueblo de Dios". En
el Nuevo Testamento (cf. Ef 1, 22; Col 1, 18), todas estas imágenes
adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser
"la Cabeza" de este Pueblo (cf. LG 9) el cual es desde
entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes
"tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la
construcción, incluso de la familia y del matrimonio" (LG 6).
754 "La Iglesia, en efecto,
es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo(Jn 10,
1-10). Es también el rebaño cuy pastor será el mismo Dios, como él
mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son pastores
humanos quien es gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el
que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los
pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf.
Jn 10, 11-15)".
755 "La Iglesia es labranza
o campo de Dios (1 Co 3, 9). En este campo crece el antiguo olivo cuya
raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la
reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13-26). El labrador
del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21, 33-43 par.; cf. Is 5,
1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a a los
sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en él por medio de
la Iglesia y que sin él no podemos hacer nada (Jn 15, 1-5)".
756 "También muchas veces a
la Iglesia se la llama construcción de Dios (1 Co 3, 9). El Señor
mismo se comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que
se convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42 par.; cf. Hch 4, 11; 1 P
2, 7; Sal 118, 22). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre ese
fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión. Esta
construcción recibe diversos nombres: casa de Dios: casa de Dios (1 Tim
3, 15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu
(Ef 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21, 3), y sobre todo, templo
santo. Representado en los templos de piedra, los Padres cantan sus
alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara a la ciudad santa, a la
nueva Jerusalén. En ella, en efecto, nosotros como piedras vivas
entramos en su construcción en este mundo (cf. 1 P 2, 5). San Juan ve
en el mundo renovado bajar del cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa
arreglada como una esposa embellecidas para su esposo (Ap 21,
1-2)".
757 "La Iglesia que es
llamada también "la Jerusalén de arriba" y "madre
nuestra" (Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), y se la describe como la
esposa inmaculada del Cordero inmaculado (Ap 19, 7; 21, 2. 9; 22, 17).
Cristo `la amó y se entregó por ella para santificarla' (Ef 5, 25-26);
se unió a ella en alianza indisoluble, `la alimenta y la cuida' (Ef 5,
29) sin cesar" (LG 6).
II Origen, fundación y misión de la Iglesia
758 Para penetrar en el Misterio
de la Iglesia, conviene primeramente contemplar su origen dentro del
designio de la Santísima Trinidad y su realización progresiva en la
historia.
Un designio nacido en el corazón del Padre
759 "El Padre eterno creó el
mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y
bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida
divina" a la cual llama a todos los hombres en su Hijo:
"Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa
Iglesia". Esta "familia de Dios" se constituye y se
realiza gradualmente a lo largo de las etapas de la historia humana, según
las disposiciones del Padre: en efecto, la Iglesia ha sido
"prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada
maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua
Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se manifestó por la
efusión del Espíritu y llegará gloriosamente a su plenitud al final
de los siglos" (LG 2).
La Iglesia, prefigurada desde el origen del mundo
760 "El mundo fue creado en
orden a la Iglesia" decían los cristianos de los primeros tiempos
(Hermas, vis.2, 4,1; cf. Arístides, apol. 16, 6; Justino, apol. 2, 7).
Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina,
"comunión" que se realiza mediante la "convocación"
de los hombres en Cristo, y esta "convocación" es la Iglesia.
La Iglesia es la finalidad de todas las cosas (cf. San Epifanio, haer.
1,1,5), e incluso las vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles
y el pecado del hombre, no fueron permitidas por Dios más que como
ocasión y medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida
del amor que quería dar al mundo:
Así como la voluntad de Dios es un acto y se llama mundo, así su
intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia (Clemente
de Alej. paed. 1, 6).
La Iglesia, preparada en la Antigua Alianza
761 La reunión del pueblo de Dios
comienza en el instante en que el pecado destruye la comunión de los
hombres con Dios y la de los hombres entre sí. La reunión de la
Iglesia es por así decirlo la reacción de Dios al caos provocado por
el pecado. Esta reunificación se realiza secretamente en el seno de
todos los pueblos: "En cualquier nación el que le teme [a Dios] y
practica la justicia le es grato" (Hch 10, 35; cf LG 9; 13; 16).
762 La preparación lejana
de la reunión del pueblo de Dios comienza con la vocación de Abraham,
a quien Dios promete que llegará a ser Padre de un gran pueblo (cf Gn
12, 2; 15, 5-6). La preparación inmediata comienza con la elección de
Israel como pueblo de Dios (cf Ex 19, 5-6; Dt 7, 6). Por su elección,
Israel debe ser el signo de la reunión futura de todas las naciones (cf
Is 2, 2-5; Mi 4, 1-4). Pero ya los profetas acusan a Israel de haber
roto la alianza y haberse comportado como una prostituta (cf Os 1; Is 1,
2-4; Jr 2; etc.). Anuncian, pues, una Alianza nueva y eterna (cf. Jr 31,
31-34; Is 55, 3). "Jesús instituyó esta nueva alianza" (LG
9).
La Iglesia, instituida por Cristo Jesús
763 Corresponde al Hijo realizar
el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es
el motivo de su "misión" (cf. LG 3; AG 3). "El Señor
Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir,
de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las
Escrituras" (LG 5). Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo
inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de
Cristo "presente ya en misterio" (LG 3).
764 "Este Reino se manifiesta
a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de
Cristo" (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger "el
Reino" (ibid.). El germen y el comienzo del Reino son el
"pequeño rebaño" (Lc 12, 32), de los que Jesús ha venido a
convocar en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10,
16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús
(cf. Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo
una nueva "manera de obrar", sino también una oración propia
(cf. Mt 5-6).
765 El Señor Jesús dotó a su
comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación
del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su
Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de
Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de la nueva
Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los Doce (cf. Mc6, 7) y los otros discípulos
(cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y también
en su suerte (cf. Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo
prepara y edifica su Iglesia.
766 Pero la Iglesia ha nacido
principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación,
anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz.
"El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús
crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (LG 3
."Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el
sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Del mismo modo que
Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació
del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz (cf. San Ambrosio,
Luc 2, 85-89).
La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo
767 "Cuando el Hijo terminó
la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el
Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara
continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es entonces cuando "la
Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la
difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación"
(AG 4). Como ella es "convocatoria" de salvación para todos
los hombres, la Iglesia, por su misma naturaleza, misionera enviada por
Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf.
Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).
768 Para realizar su misión, el
Espíritu Santo "la construye y dirige con diversos dones jerárquicos
y carismáticos" LG 4). "La Iglesia, enriquecida con los dones
de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la
humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en
todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el
germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 5).
La Iglesia, consumada en la gloria
769 La Iglesia "sólo llegará
a su perfección en la gloria del cielo" (LG 48), cuando Cristo
vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su
peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los
consuelos de Dios" (San Agustín, civ. 18, 51;cf. LG 8). Aquí
abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6; LG 6), y
aspira al advenimimento pleno del Reino, "y espera y desea con
todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria" (LG 5). La
consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del
mundo, no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, "todos
los justos desde Adán, `desde el justo Abel hasta el último de los
elegidos' se reunirán con el Padre en la Iglesia universal" (LG
2).
III El misterio de la Iglesia
770 La Iglesia está en la
historia, pero al mismo tiempo la transciende. Solamente "con los
ojos de la fe" (Catech. R. 1,10, 20) se puede ver al mismo tiempo
en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida
divina.
La Iglesia, a la vez visible y espiritual
771 "Cristo, el único
Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe,
esperanza y amor, como un organismo visible. La mantiene aún sin cesar
para comunicar por medio de ella a todos la verdad y la gracia". La
Iglesia es a la vez:
– "sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico
de Cristo;
– el grupo visible y la comunidad espiritual,
– la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del
cielo".
Estas dimensiones juntas constituyen "una realidad compleja, en la
que están unidos el elemento divino y el humano" (LG 8):
Es propio de la Iglesia "ser a la vez humana y divina, visible y
dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la
contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. De modo
que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo
visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a
la ciudad futura que buscamos" (SC 2).
¡Qué humildad y qué sublimidad! Es la tienda de Cadar y el santuario
de Dios; una tienda terrena y un palacio celestial; una casa modestísima
y una aula regia; un cuerpo mortal y un templo luminoso; la despreciada
por los soberbios y la esposa de Cristo. Tiene la tez morena pero es
hermosa, hijas de Jerusalén. El trabajo y el dolor del prolongado
exilio la han deslucido, pero también la hermosa su forma celestial
(San Bernardo, Cant. 27, 14).
La Iglesia, Misterio de la unión de los hombres con Dios
772 En la Iglesia es donde Cristo
realiza y revela su propio misterio como la finalidad de designio de
Dios: "recapitular todo en El" (Ef 1, 10). San Pablo llama
"gran misterio" (Ef 5, 32) al desposorio de Cristo y de la
Iglesia. Porque la Iglesia se une a Cristo como a su esposo (cf. Ef 5,
25-27), por eso se convierte a su vez en Misterio (cf. Ef 3, 9-11).
Contemplando en ella el Misterio, San Pablo escribe: el misterio
"es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria" (Col 1,
27).
773 En la Iglesia esta comunión
de los hombres con Dios por "la caridad que no pasará jamás"(1
Co 13, 8) es la finalidad que ordena todo lo que en ella es medio
sacramental ligado a este mundo que pasa (cf. LG 48). "Su
estructura está totalmente ordenada a la santidad de los miembros de
Cristo. Y la santidad se aprecia en función del 'gran Misterio' en el
que la Esposa responde con el don del amor al don del Esposo" (MD
27). María nos precede a todos en la santidad que es el Misterio de la
Iglesia como la "Esposa sin tacha ni arruga" (Ef 5, 27). Por
eso la dimensión mariana de la Iglesia precede a su dimensión
petrina" (ibid.).
La Iglesia, sacramento universal de la salvación
774 La palabra griega "mysterion"
ha sido traducida en latín por dos términos: "mysterium"
y "sacramentum". En la interpretación posterior, el término
"sacramentum" expresa mejor el signo visible de la realidad
oculta de la salvación, indicada por el término "mysterium".
En este sentido, Cristo es El mismo el Misterio de la salvación:
"Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus" ("No
hay otro misterio de Dios fuera de Cristo") (San Agustín, ep. 187,
34). La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el
sacramento de la salvación que se manifiesta y actúa en los
sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también
"los santos Misterios"). Los siete sacramentos son los signos
y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la
gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo. La
Iglesia contiene por tanto y comunica la gracia invisible que ella
significa. En este sentido analógico ella es llamada
"sacramento".
775 "La Iglesia es en Cristo
como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y
de la unidad de todo el género humano "(LG 1): Ser el sacramento
de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la
Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios,
la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano.
Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de
toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la
Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de
esta unidad que aún está por venir.
776 Como sacramento, la Iglesia es
instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo "como instrumento
de redención universal" (LG 9), "sacramento universal de
salvación" (LG 48), por medio del cual Cristo "manifiesta y
realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre" (GS
45, 1). Ella "es el proyecto visible del amor de Dios hacia la
humanidad" (Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere "que
todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único
Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu
Santo" (AG 7; cf. LG 17).
Resumen
777 La palabra
"Iglesia" significa "convocación". Designa la
asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el
Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten
ellos mismos en Cuerpo de Cristo.
778 La Iglesia es a la vez
camino y término del designio de Dios: prefigurada en la creación,
preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de
Jesucristo, realizada por su Cruz redentora y su Resurrección, se
manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu
Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos
los redimidos de la tierra (cf. Ap 14,4).
779 La Iglesia es a la vez
visible y espiritual, sociedad jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo.
Es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su
Misterio que sólo la fe puede aceptar.
780 La Iglesia es, en este
mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la
Comunión con Dios y entre los hombres.
Párrafo 2
LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO DE CRISTO,
TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO
I La Iglesia, Pueblo de Dios
781 "En todo tiempo y lugar
ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia. Sin embargo,
quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados,
sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le
conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a
Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco
a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia
y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación
y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo...,
es decir, el Nuevo Testamento en su sangre convocando a las gentes de
entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la
carne, sino en el Espíritu" (LG 9).
Las características del Pueblo de Dios
782 El Pueblo de Dios tiene
características que le distinguen claramente de todos los grupos
religiosos, étnicos, políticos o culturales de la Historia:
– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún
pueblo. Pero El ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no
eran un pueblo: "una raza elegida, un sacerdocio real, una nación
santa" (1 P 2, 9).
– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico,
sino por el "nacimiento de arriba", "del agua y del Espíritu"
(Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.
– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo
[Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye
desde la Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".
– "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la
libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu
Santo como en un templo".
– "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo
Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)". Esta es la ley
"nueva" del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).
– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf.
Mt 5, 13-16). "Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de
salvación para todo el género humano".
– "Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó
en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve
también a su perfección" (LG 9).
Un pueblo sacerdotal, profético y real
783 Jesucristo es aquél a quien
el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido
"Sacerdote, Profeta y Rey". Todo el Pueblo de Dios participa
de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión
y de servicio que se derivan de ellas (cf.RH 18-21).
784 Al entrar en el Pueblo de Dios
por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este
Pueblo: en su vocación sacerdotal: "Cristo el Señor, Pontífice
tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo `un reino de
sacerdotes para Dios, su Padre'. Los bautizados, en efecto, por el nuevo
nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados
como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10).
785 "El pueblo santo de Dios
participa también del carácter profético de Cristo". Lo
es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el
pueblo, laicos y jerarquía, cuando "se adhiere indefectiblemente a
la fe transmitida a los santos de una vez para siempre" (LG 12) y
profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de
este mundo.
786 El Pueblo de Dios participa,
por último, en la función regia de Cristo". Cristo ejerce
su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su
resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se
hizo el servidor de todos, no habiendo "venido a ser servido, sino
a servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28). Para el
cristiano, "servir es reinar" (LG 36), particularmente
"en los pobres y en los que sufren" donde descubre "la
imagen de su Fundador pobre y sufriente" (LG 8). El pueblo de Dios
realiza su "dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación
de servir con Cristo.
De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace
reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a
fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio,
todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan
miembros de esta raza de reyes y participantes de la función
sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar
su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que
consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón
las víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, serm. 4, 1).
II La Iglesia, Cuerpo de Cristo
La Iglesia es comunión con Jesús
787 Desde el comienzo, Jesús
asoció a sus discípulos a su vida (cf. Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les
reveló el Misterio del Reino (cf. Mt 13, 10-17); les dio parte en su
misión, en su alegría (cf. Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf. Lc
22, 28-30). Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre él
y los que le sigan: "Permaneced en Mí, como yo en vosotros ... Yo
soy la vid y vosotros los sarmientos" (Jn 15, 4-5). Anuncia una
comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro:
"Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él"
(Jn 6, 56).
788 Cuando fueron privados los
discípulos de su presencia visible, Jesús no los dejó huérfanos (cf.
Jn 14, 18). Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos
(cf. Mt 28, 20), les envió su Espíritu (cf. Jn 20, 22; Hch 2, 33). Por
eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa:
"Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de
todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su
cuerpo" (LG 7).
789 La comparación de la Iglesia
con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la
Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a El:
siempre está unificada en El, en su Cuerpo. Tres aspectos de la
Iglesia-Cuerpo de Cristo se han de resaltar más específicamente: la
unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo
Cabeza del Cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.
“Un solo cuerpo”
790 Los creyentes que responden a
la Palabra de Dios y se hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan
estrechamente unidos a Cristo: "La vida de Cristo se comunica a a
los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de
los sacramentos de una manera misteriosa pero real" (LG 7). Esto es
particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a
la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf. Rm 6, 4-5; 1 Co 12, 13), y
en el caso de la Eucaristía, por la cual, "compartimos realmente
el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con él y entre
nosotros" (LG 7).
791 La unidad del cuerpo no ha
abolido la diversidad de los miembros: "En la construcción del
cuerpo de Cristo existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el
mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los
ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la
Iglesia". La unidad del Cuerpo místico produce y estimula entre
los fieles la caridad: "Si un miembro sufre, todos los miembros
sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran
con él" (LG 7). En fin, la unidad del Cuerpo místico sale
victoriosa de todas las divisiones humanas: "En efecto, todos los
bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni
griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros
sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).
Cristo, Cabeza de este Cuerpo
792 Cristo "es la Cabeza del
Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 18). Es el Principio de la creación
y de la redención. Elevado a la gloria del Padre, "él es el
primero en todo" (Col 1, 18), principalmente en la Iglesia por cuyo
medio extiende su reino sobre todas las cosas:
793 El nos une a su Pascua:
Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él "hasta
que Cristo esté formad o en ellos" (Ga 4, 19). "Por eso somos
integrados en los misterios de su vida ..., nos unimos a sus
sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser
glorificados con él" (LG 7).
794 El provee a nuestro
crecimiento (cf. Col 2, 19): Para hacernos crecer hacia él, nuestra
Cabeza (cf. Ef 4, 11-16), Cristo distribuye en su cuerpo, la Iglesia,
los dones y los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en
el camino de la salvación.
795 Cristo y la Iglesia son, por
tanto, el "Cristo total" ["Christus totus"].
La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de
esta unidad:
Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no
solamente cristianos sino el propio Cristo. ¿Comprendéis, hermanos, la
gracia que Dios nos ha hecho al darnos a Cristo como Cabeza? Admiraos y
regocijaos, hemos sido hechos Cristo. En efecto, ya que El es la Cabeza
y nosotros somos los miembros, el hombre todo entero es El y nosotros
... La plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué
quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia (San Agustín,
ev. Jo. 21, 8).
Redemptor noster unam se personam cum sancta Ecclesia, quam assumpsit,
exhibuit ("Nuestro Redentor muestra que forma una sola persona con
la Iglesia que El asumió") (San Gregorio Magno, mor. praef.1,6,4)
Caput et membra, quasi una persona mystica ("La Cabeza y los
miembros, como si fueran una sola persona mística") (Santo Tomás
de Aquino, s.th. 3, 42, 2, ad 1).
Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces resume la fe de los
santos doctores y expresa el buen sentido del creyente: "De
Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es
necesario hacer una dificultad de ello" (Juana de Arco, proc.).
La Iglesia es la Esposa de Cristo
796 La unidad de Cristo y de la
Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica también la distinción
de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado con
frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de
Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado
por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como
"el Esposo" (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol
presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una
Esposa "desposada" con Cristo Señor para "no ser con él
más que un solo Espíritu" (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es
la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4;
5,27), a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de
santificarla" (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza
eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef
5,29):
He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos ...
Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla.
Habla en el papel de cabeza ["ex persona capitis"] o en el de
cuerpo ["ex persona corporis"]. Según lo que está escrito:
"Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo
digo respecto a Cristo y la Iglesia."(Ef 5,31-32) Y el Señor mismo
en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una sola
carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos
personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo
conyugal ... Como cabeza él se llama "esposo" y como
cuerpo "esposa" (San Agustín, psalm. 74, 4:PL 36,
948-949).
III La Iglesia, Templo del Espíritu Santo
797 "Quod est spiritus
noster, id est anima nostra, ad membra nostra, hoc est Spiritus Sanctus
ad membra Christi, ad corpus Christi, quod est Ecclesia" ("Lo
que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros
miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo,
para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia") (San Agustín, serm.
267, 4). "A este Espíritu de Cristo, como a principio invisible,
ha de atribuirse también el que todas las partes del cuerpo estén íntimamente
unidas, tanto entre sí como con su excelsa Cabeza, puesto que está
todo él en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los
miembros" (Pío XII: "Mystici Corporis": DS 3808). El Espíritu
Santo hace de la Iglesia "el Templo del Dios vivo" (2 Co 6,
16; cf. 1 Co 3, 16-17; Ef 2,21):
En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el "Don
de Dios ...Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es
decir el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación
de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios ...Porque allí
donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí
donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia. (San
Ireneo, haer. 3, 24, 1).
798 El Espíritu Santo es "el
principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las
partes del cuerpo" (Pío XII, "Mystici Corporis": DS
3808). Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo
en la caridad(cf. Ef 4, 16): por la Palabra de Dios, "que tiene el
poder de construir el edificio" (Hch 20, 32), por el Bautismo
mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12, 13); por los
sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por
"la gracia concedida a los apóstoles" que "entre estos
dones destaca" (LG 7), por las virtudes que hacen obrar según el
bien, y por las múltiples gracias especiales [llamadas
"carismas"] mediante las cuales los fieles quedan
"preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que
contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia" (LG 12;
cf. AA 3).
Los carismas
799 Extraordinarios o sencillos y
humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen
directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están
ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a
las necesidades del mundo.
800 Los carismas se han de acoger
con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los
miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia
para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de
Cristo; los carismas constituyen tal riqueza siempre que se trate de
dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo y que se ejerzan
de modo plenamente conforme a los impulsos auténticos de este mismo Espíritu,
es decir, según la caridad, verdadera medida de los carismas (cf. 1 Co
13).
801 Por esta razón aparece
siempre necesario el discernimiento de carismas. Ningún carisma
dispensa de la referencia y de la sumisión a los Pastores de la
Iglesia. "A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino
examinarlo todo y quedarse con lo bueno" (LG 12), a fin de que
todos los carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al
"bien común" (cf. 1 Co 12, 7) (cf. LG 30; CL, 24).
Resumen
802 "Cristo Jesús se
entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y purificar
para sí un pueblo que fuese suyo" (Tt 2, 14).
803 "Vosotros sois linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 P 2,
9).
804 Se entra en el Pueblo de
Dios por la fe y el Bautismo. "Todos los hombres están invitados
al Pueblo de Dios" (LG 13), a fin de que, en Cristo, "los
hombres constituyan una sola familia y un único Pueblo de Dios"(AG
1).
805 La Iglesia es el Cuerpo de
Cristo. Por el Espíritu y su acción en los sacramentos, sobre todo en
la Eucaristía, Cristo muerto y resucitado constituye la comunidad de
los creyentes como Cuerpo suyo.
806 En la unidad de este cuerpo
hay diversidad de miembros y de funciones. Todos los miembros están
unidos unos a otros, particularmente a los que sufren, a los pobres y
perseguidos.
807 La Iglesia es este Cuerpo
del que Cristo es la Cabeza: vive de El, en El y por El: El vive con
ella y en ella.
808 La Iglesia es la Esposa de
Cristo: la ha amado y se ha entregado por ella. La ha purificado por
medio de su sangre. Ha hecho de ella la Madre fecunda de todos los hijos
de Dios.
809 La Iglesia es el Templo del
Espíritu Santo. El Espíritu es como el alma del Cuerpo Místico,
principio de su vida, de la unidad en la diversidad y de la riqueza de
sus dones y carismas.
810 "Así toda la Iglesia
aparece como el pueblo unido `por la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo' (San Cipriano)" (LG 4).
Párrafo 3
LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA
811 "Esta es la única
Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa,
católica y apostólica" (LG 8). Estos cuatro atributos,
inseparablemente unidos entre sí (cf DS 2888), indican rasgos
esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por
ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el
ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la
llama a ejercitar cada una de estas cualidades.
812 Sólo la fe puede reconocer
que la Iglesia posee estas propiedades por su origen divino. Pero sus
manifestaciones históricas son signos que hablan también con claridad
a la razón humana. Recuerda el Concilio Vaticano I: "La Iglesia
por sí misma es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un
testimonio irrefutable de su misión divina a causa de su admirable
propagación, de su eximia santidad, de su inagotable fecundidad en toda
clase de bienes, de su unidad universal y de su invicta
estabilidad" (DS 3013).
I La Iglesia es una
"El sagrado Misterio de la Unidad
de la Iglesia" (UR 2)
813 La Iglesia es una debido a
su origen: "El modelo y principio supremo de este misterio es
la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la
Trinidad de personas" (UR 2). La Iglesia es una debido a su
Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz,
por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios... restituyendo la
unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo" (GS 78, 3).
La Iglesia es una debido a su "alma": "El
Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la
Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en
Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la
Iglesia" (UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la
Iglesia ser una:
¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo
Logos del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en
todas partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta
llamarla Iglesia (Clemente de Alejandría, paed. 1, 6, 42).
814 Desde el principio, esta
Iglesia una se presenta, no obstante, con una gran diversidad que
procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la
multiplicidad de las personas que los reciben. En la unidad del Pueblo
de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros
de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y
modos de vida; "dentro de la comunión eclesial, existen
legítimamente las Iglesias particulares con sus propias
tradiciones" (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no se
opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de sus
consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad. También el
apóstol debe exhortar a "guardar la unidad del Espíritu con el
vínculo de la paz" (Ef 4, 3).
815 ¿Cuáles son estos vínculos
de la unidad? "Por encima de todo esto revestíos del amor, que es
el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Pero la unidad de la
Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:
- la profesión de una misma fe recibida de los apóstoles;
- la celebración común del culto divino, sobre todo de los
sacramentos;
- la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la
concordia fraterna de la familia de Dios (cf UR 2; LG 14; CIC, can.
205).
816 "La única Iglesia de
Cristo..., Nuestro Salvador, después de su resurrección, la entregó a
Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás
apóstoles que la extendieran y la gobernaran... Esta Iglesia,
constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en
["subsistit in"] la Iglesia católica, gobernada por el
sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él" (LG 8).
El decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II explicita:
"Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es
auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los
medios de salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de
la Nueva Alianza a un único colegio apostólico presidido por Pedro,
para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben
incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo
de Dios" (UR 3).
Las heridas de la unidad
817 De hecho, "en esta una y
única Iglesia de Dios, aparecieron ya desde los primeros tiempos
algunas escisiones que el apóstol reprueba severamente como
condenables; y en siglos posteriores surgieron disensiones más amplias
y comunidades no pequeñas se separaron de la comunión plena con la
Iglesia católica y, a veces, no sin culpa de los hombres de ambas
partes" (UR 3). Tales rupturas que lesionan la unidad del Cuerpo de
Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el cisma [cf CIC can.
751]) no se producen sin el pecado de los hombres:
Ubi peccata sunt, ibi est multitudo, ibi schismata, ibi haereses, ibi
discussiones. Ubi autem virtus, ibi singularitas, ibi unio, ex quo
omnium credentium erat cor unum et anima una ("Donde hay pecados,
allí hay desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay
virtud, allí hay unión, de donde resultaba que todos los creyentes
tenían un solo corazón y una sola alma" Orígenes, hom. in Ezech.
9, 1).
818 Los que nacen hoy en las
comunidades surgidas de tales rupturas "y son instruidos en la fe
de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la
Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos...
justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por
tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son
reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como
hermanos en el Señor" (UR 3).
819 Además, "muchos
elementos de santificación y de verdad" (LG 8) existen fuera de
los límites visibles de la Iglesia católica: "la palabra de Dios
escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros
dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles" (UR
3; cf LG 15). El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y
comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de la
plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia
católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él (cf
UR 3) y de por sí impelen a "la unidad católica" (LG 8).
Hacia la unidad
820 Aquella unidad "que
Cristo concedió desde el principio a la Iglesia... creemos que subsiste
indefectible en la Iglesia católica y esperamos que crezca hasta la
consumación de los tiempos" (UR 4). Cristo da permanentemente a su
Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar
siempre para mantener, reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo
quiere para ella. Por eso Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y
no cesa de rogar al Padre por la unidad de sus discípulos: "Que
todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean
también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado" (Jn 17, 21). El deseo de volver a encontrar la unidad de
todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu
Santo (cf UR 1).
821 Para responder adecuadamente a
este llamamiento se exige:
— una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad
mayor a su vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia
la unidad (UR 6);
— la conversión del corazón para "llevar una vida más
pura, según el Evangelio" (cf UR 7), porque la infidelidad de los
miembros al don de Cristo es la causa de las divisiones;
— la oración en común, porque "esta conversión del
corazón y santidad de vida, junto con las oraciones privadas y
públicas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el
alma de todo el movimiento ecuménico, y pueden llamarse con razón
ecumenismo espiritual" (cf UR 8);
— el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);
— la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los
sacerdotes (cf UR 10);
— el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los
cristianos de diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11);
— la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de
servicio a los hombres (cf UR 12).
822 "La preocupación por el
restablecimiento de la unión atañe a la Iglesia entera, tanto a los
fieles como a los pastores" (cf UR 5). Pero hay que ser
"conocedor de que este santo propósito de reconciliar a todos los
cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las
fuerzas y la capacidad humana". Por eso hay que poner toda la
esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del
Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo" (UR
24).
II La Iglesia es santa
823 "La fe confiesa que la
Iglesia... no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de
Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama 'el solo
santo', amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella
para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la
llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios" (LG 39). La
Iglesia es, pues, "el Pueblo santo de Dios" (LG 12), y sus
miembros son llamados "santos" (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16,
1).
824 La Iglesia, unida a Cristo,
está santificada por Él; por Él y con Él, ella también ha sido
hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan
en conseguir "la santificación de los hombres en Cristo y la
glorificación de Dios" (SC 10). En la Iglesia es en donde está
depositada "la plenitud total de los medios de salvación" (UR
3). Es en ella donde "conseguimos la santidad por la gracia de
Dios" (LG 48).
825 "La Iglesia, en efecto,
ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque
todavía imperfecta" (LG 48). En sus miembros, la santidad perfecta
está todavía por alcanzar: "Todos los cristianos, de cualquier
estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la
perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre" (LG 11).
826 La caridad es el alma de la
santidad a la que todos están llamados: "dirige todos los medios
de santificación, los informa y los lleva a su fin" (LG 42):
Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes
miembros, el más necesario, el más noble de todos no le faltaba,
comprendí que la Iglesia tenía un corazón, que este corazón
estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí que el Amor solo hacía
obrar a los miembros de la Iglesia, que si el Amor llegara a
apagarse, los Apóstoles ya no anunciarían el Evangelio, los Mártires
rehusarían verter su sangre... Comprendí que EL AMOR ENCERRABA
TODAS LAS VOCACIONES. QUE EL AMOR ERA TODO, QUE ABARCABA TODOS LOS
TIEMPOS Y TODOS LOS LUGARES... EN UNA PALABRA, QUE ES ¡ETERNO!
(Santa Teresa del Niño Jesús, ms. autob. B 3v).
827 "Mientras que Cristo,
santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino
solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en
su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de
purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación"
(LG 8; cf UR 3; 6). Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus
ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1 Jn 1, 8-10). En todos, la
cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla
del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13, 24-30). La Iglesia,
pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo,
pero aún en vías de santificación:
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque
ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros,
ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan
de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la
santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace
penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus
hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo (SPF 19).
828 Al canonizar a ciertos
fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han
practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la
gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad,
que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a
los santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51). "Los
santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en
las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia"
(CL 16, 3). En efecto, "la santidad de la Iglesia es el secreto
manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su
ímpetu misionero" (CL 17, 3).
829 "La Iglesia en la
Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En
cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para
crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María" (LG 65):
en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.
III La Iglesia es católica
Qué quiere decir "católica"
830 La palabra
"católica" significa "universal" en el sentido de
"según la totalidad" o "según la integridad". La
Iglesia es católica en un doble sentido:
Es católica porque Cristo está presente en ella. "Allí donde
está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica" (San Ignacio de
Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de
Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica que ella
recibe de Él "la plenitud de los medios de salvación" (AG 6)
que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental
íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia,
en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf
AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.
831 Es católica porque ha sido
enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt
28, 19):
Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este
pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de
todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el
principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus
hijos dispersos... Este carácter de universalidad, que distingue al
pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la
Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad
entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su
Espíritu (LG 13).
Cada una de las Iglesias particulares es "católica"
832 "Esta Iglesia de Cristo
está verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades
locales de fieles, unidas a sus pastores. Estas, en el Nuevo Testamento,
reciben el nombre de Iglesias... En ellas se reúnen los fieles por el
anuncio del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del
Señor... En estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas y
pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien con su poder
constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica" (LG
26).
833 Se entiende por Iglesia
particular, que es en primer lugar la diócesis (o la eparquía), una
comunidad de fieles cristianos en comunión en la fe y en los
sacramentos con su obispo ordenado en la sucesión apostólica (cf CD
11; CIC can. 368-369; CCEO, cán. 117, § 1. 178. 311, § 1. 312). Estas
Iglesias particulares están "formadas a imagen de la Iglesia
Universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una
y única" (LG 23).
834 Las Iglesias particulares son
plenamente católicas gracias a la comunión con una de ellas: la
Iglesia de Roma "que preside en la caridad" (San Ignacio de
Antioquía, Rom. 1, 1). "Porque con esta Iglesia en razón de su
origen más excelente debe necesariamente acomodarse toda Iglesia, es
decir, los fieles de todas partes" (San Ireneo, haer. 3, 3, 2;
citado por Cc. Vaticano I: DS 3057). "En efecto, desde la venida a
nosotros del Verbo encarnado, todas las Iglesias cristianas de todas
partes han tenido y tienen a la gran Iglesia que está aquí [en Roma]
como única base y fundamento porque, según las mismas promesas del
Salvador, las puertas del infierno no han prevalecido jamás contra
ella" (San Máximo el Confesor, opusc.).
835 "Guardémonos bien de
concebir la Iglesia universal como la suma o, si se puede decir, la
federación más o menos anómala de Iglesias particulares esencialmente
diversas. En el pensamiento del Señor es la Iglesia, universal por
vocación y por misión, la que, echando sus raíces en la variedad de
terrenos culturales, sociales, humanos, toma en cada parte del mundo
aspectos, expresiones externas diversas" (EN 62). La rica variedad
de disciplinas eclesiásticas, de ritos litúrgicos, de patrimonios
teológicos y espirituales propios de las Iglesias locales "con un
mismo objetivo muestra muy claramente la catolicidad de la Iglesia
indivisa" (LG 23).
Quién pertenece a la Iglesia católica
836 "Todos los hombres, por
tanto, están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios... A
esta unidad pertenecen de diversas maneras o a ella están destinados
los católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en
general llamados a la salvación por la gracia de Dios" (LG 13).
837 "Están plenamente
incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el
Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los
medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su
estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice
y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de la fe, de los
sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. No se salva,
en cambio, el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la
Iglesia, pero está en el seno de la Iglesia con el 'cuerpo', pero no
con el 'corazón"' (LG 14).
838 "La Iglesia se siente
unida por muchas razones con todos los que se honran con el nombre de
cristianos a causa del bautismo, aunque no profesan la fe en su
integridad o no conserven la unidad de la comunión bajo el sucesor de
Pedro" (LG 15). "Los que creen en Cristo y han recibido
ritualmente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no
perfecta, con la Iglesia católica" (UR 3). Con las Iglesias
ortodoxas, esta comunión es tan profunda "que le falta muy
poco para que alcance la plenitud que haría posible una celebración
común de la Eucaristía del Señor" (Pablo VI, discurso 14
diciembre 1975; cf UR 13-18).
La Iglesia y los no cristianos
839 "Los que todavía no han
recibido el Evangelio también están ordenados al Pueblo de Dios de
diversas maneras" (LG 16):
La relación de la Iglesia con el
pueblo judío. La Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, al
escrutar su propio misterio, descubre su vinculación con el pueblo
judío (cf NA 4) "a quien Dios ha hablado primero" (MR,
Viernes Santo 13: oración universal VI). A diferencia de otras
religiones no cristianas la fe judía ya es una respuesta a la
revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío
"la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el
culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo
según la carne" (cf Rm 9, 4-5), "porque los dones y la
vocación de Dios son irrevocables" (Rm 11, 29).
840 Por otra parte, cuando se
considera el futuro, el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza y el nuevo
Pueblo de Dios tienden hacia fines análogos: la espera de la venida (o
el retorno) del Mesías; pues para unos, es la espera de la vuelta del
Mesías, muerto y resucitado, reconocido como Señor e Hijo de Dios;
para los otros, es la venida del Mesías cuyos rasgos permanecen velados
hasta el fin de los tiempos, espera que está acompañada del drama de
la ignorancia o del rechazo de Cristo Jesús.
841 Las relaciones de la
Iglesia con los musulmanes. "El designio de salvación
comprende también a los que reconocen al Creador. Entre ellos están,
ante todo, los musulmanes, que profesan tener la fe de Abraham y adoran
con nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los hombres
al fin del mundo" (LG 16; cf NA 3).
842 El vínculo de la Iglesia
con las religiones no cristianas es en primer lugar el del origen y
el del fin comunes del género humano:
Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo origen,
puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera
faz de la tierra; tienen también un único fin último, Dios, cuya
providencia, testimonio de bondad y designios de salvación se extienden
a todos hasta que los elegidos se unan en la Ciudad Santa (NA 1).
843 La Iglesia reconoce en las
otras religiones la búsqueda "todavía en sombras y bajo
imágenes", del Dios desconocido pero próximo ya que es Él quien
da a todos vida, el aliento y todas las cosas y quiere que todos los
hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero,
que puede encontrarse en las diversas religiones, "como una
preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a todos los
hombres, para que al fin tengan la vida" (LG 16; cf NA 2; EN 53).
844 Pero, en su comportamiento
religioso, los hombres muestran también límites y errores que
desfiguran en ellos la imagen de Dios:
Con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se
pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron el Dios verdadero
por un ídolo falso, sirviendo a las criaturas en vez de al Creador.
Otras veces, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, están
expuestos a la desesperación más radical (LG 16).
845 El Padre quiso convocar a toda
la humanidad en la Iglesia de su Hijo para reunir de nuevo a todos sus
hijos que el pecado había dispersado y extraviado. La Iglesia es el
lugar donde la humanidad debe volver a encontrar su unidad y su
salvación. Ella es el "mundo reconciliado" (San Agustín,
serm. 96, 7-9). Es, además, este barco que "pleno dominicae crucis
velo Sancti Spiritus flatu in hoc bene navigat mundo" ("con su
velamen que es la cruz de Cristo, empujado por el Espíritu Santo,
navega bien en este mundo") (San Ambrosio, virg. 18, 188); según
otra imagen estimada por los Padres de la Iglesia, está prefigurada por
el Arca de Noé que es la única que salva del diluvio (cf 1 P 3,
20-21).
"Fuera de la Iglesia no hay salvación"
846 ¿Cómo entender esta
afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia?
Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de
Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:
El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición,
enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación.
Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se
nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con
palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo,
confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran
los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían
salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la
Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no
hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14).
847 Esta afirmación no se refiere
a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia:
Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia,
pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la
ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo
que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG
16; cf DS 3866-3872).
848 "Aunque Dios, por caminos
conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, 'sin la que es imposible
agradarle' (Hb 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa
propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo
tiempo, el derecho sagrado de evangelizar" (AG 7).
La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia
849 El mandato misionero.
"La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser 'sacramento
universal de salvación', por exigencia íntima de su misma catolicidad,
obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el
Evangelio a todos los hombres" (AG 1): "Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que
yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20)
850 El origen la finalidad de
la misión. El mandato misionero del Señor tiene su fuente última
en el amor eterno de la Santísima Trinidad: "La Iglesia
peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene
su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según
el plan de Dios Padre" (AG 2). El fin último de la misión no es
otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre
el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor (cf Juan Pablo II, RM 23).
851 El motivo de la misión.
Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo
tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: "porque
el amor de Cristo nos apremia..." (2 Co 5, 14; cf AA 6; RM 11). En
efecto, "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 4). Dios quiere la
salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La
salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del
Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la
Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de
los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio
universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.
852 Los caminos de la misión.
"El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión
eclesial" (RM 21). Él es quien conduce la Iglesia por los caminos
de la misión. Ella "continúa y desarrolla en el curso de la
historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a
los pobres... impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el
mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la
pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta
la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección" (AG
5). Es así como la "sangre de los mártires es semilla de
cristianos" (Tertuliano, apol. 50).
853 Pero en su peregrinación, la
Iglesia experimenta también "hasta qué punto distan entre sí el
mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se
confía el Evangelio" (GS 43, 6). Sólo avanzando por el camino
"de la conversión y la renovación" (LG 8; cf 15) y "por
el estrecho sendero de Dios" (AG 1) es como el Pueblo de Dios puede
extender el reino de Cristo (cf RM 12-20). En efecto, "como Cristo
realizó la obra de la redención en la persecución, también la
Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los
hombres los frutos de la salvación" (LG 8).
854 Por su propia misión,
"la Iglesia... avanza junto con toda la humanidad y experimenta la
misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la
sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en
familia de Dios" (GS 40, 2). El esfuerzo misionero exige entonces
la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos
y a los grupos que aún no creen en Cristo (cf RM 42-47), continúa con
el establecimiento de comunidades cristianas, "signo de la
presencia de Dios en el mundo" (AG lS), y en la fundación de
Iglesias locales (cf RM 48-49); se implica en un proceso de
inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de los
pueblos (cf RM 52-54), en este proceso no faltarán también los
fracasos. "En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos,
solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los
incorpora a la plenitud católica" (AG 6).
855 La misión de la Iglesia
reclama el esfuerzo hacia la unidad de los cristianos (cf RM 50).
En efecto, "las divisiones entre los cristianos son un obstáculo
para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es
propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el
bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso
se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la
catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la
vida" (UR 4).
856 La tarea misionera implica un diálogo
respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio (cf RM 55).
Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo
aprendiendo a conocer mejor "cuanto de verdad y de gracia se
encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de
Dios" (AG 9). Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la
desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien
que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para
purificarlos del error y del mal "para gloria de Dios, confusión
del diablo y felicidad del hombre" (AG 9).
IV La Iglesia es apostólica
857 La Iglesia es apostólica
porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
— Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los
apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados
en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1;
15, 7-8; Ga 1, l; etc.).
— Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en
ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas
palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
— Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles
hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su
ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten
los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la
Iglesia" (AG 5):
Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los
santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre
por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio
la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).
La misión de los apóstoles
858 Jesús es el enviado del
Padre. Desde el comienzo de su ministerio, "llamó a los que él
quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él
y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán
sus "enviados" [es lo que significa la palabra griega
"apostoloi"]. En ellos continúa su propia misión: "Como
el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf 13, 20;
17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de
Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los
Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).
859 Jesús los asocia a su misión
recibida del Padre: como "el Hijo no puede hacer nada por su
cuenta" (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha
enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin
Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder
para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están
calificados por Dios como "ministros de una nueva alianza" (2
Co 3, 6), "ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores
de Cristo" (2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y
administradores de los misterios de Dios" (1 Co 4, 1).
860 En el encargo dado a los
apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de
la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay
también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido
permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20).
"Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que
durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que
transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los
apóstoles se preocuparon de instituir... sucesores" (LG 20).
Los obispos sucesores de los apóstoles
861 "Para que continuase
después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante
una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que
terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron
que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había
puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por
tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que,
después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el
ministerio" (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).
862 "Así como permanece el
ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que
debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el
ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser
elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos". Por eso,
la Iglesia enseña que "por institución divina los obispos han
sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los
escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a
Cristo y al que lo envió" (LG 20).
El apostolado
863 Toda la Iglesia es apostólica