SEGUNDA SECCIÓN
LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
1210 Los sacramentos de la Nueva Ley fueron
instituidos por Cristo y son siete, a saber, Bautismo, Confirmación,
Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y
Matrimonio. Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y
todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento
y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos.
Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las
etapas de la vida espiritual (cf S. Tomás de A.,s.th. 3, 65,1).
1211 Siguiendo esta analogía se explicarán en
primer lugar los tres sacramentos de la iniciación cristiana (capítulo
primero), luego los sacramentos de la curación (capítulo segundo),
finalmente, los sacramentos que están al servicio de la comunión y
misión de los fieles (capítulo tercero). Ciertamente este orden no es
el único posible, pero permite ver que los sacramentos forman un
organismo en el cual cada sacramento particular tiene su lugar vital. En
este organismo, la Eucaristía ocupa un lugar único, en cuanto
"sacramento de los sacramentos": "todos los otros
sacramentos están ordenados a éste como a su fin" (S. Tomás de
A., s.th. 3, 65,3).
CAPÍTULO PRIMERO
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
1212 Mediante los sacramentos de la iniciación
cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los
fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la
naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de
Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el
sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el
Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y
finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida
eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación
cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida
divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" (Pablo VI,
Const. apost. "Divinae consortium naturae"; cf OICA, praen.
1-2).
ARTÍCULO 1
EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
1213 El santo Bautismo es el fundamento de toda
la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae
spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros
sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados
como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos
incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de
Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1): "Baptismus
est sacramentum regenerationis per aquam in verbo" ("El
bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la
palabra", Cath. R. 2,2,5).
I El nombre de este sacramento
1214 Este sacramento recibe el nombre de Bautismo
en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra:
bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir",
"introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el
agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo
de donde sale por la resurrección con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como
"nueva criatura" (2 Co 5,17; Ga 6,15).
1215 Este sacramento es llamado también “baño
de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5),
porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin
el cual "nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5).
1216 "Este baño es llamado iluminación
porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es
iluminado..." (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el
Bautismo al Verbo, "la luz verdadera que ilumina a todo
hombre" (Jn 1,9), el bautizado, "tras haber sido
iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo de la luz"
(1 Ts 5,5), y en "luz" él mismo (Ef 5,8):
El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones
de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de
incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más
precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan
nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo,
porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es
sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación,
porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra
vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda
y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or.
40,3-4).
II El Bautismo en la economía de la salvación
Las prefiguraciones del Bautismo en la Antigua
Alianza
1217 En la Liturgia de la Noche Pascual, cuando se
bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de
los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que
prefiguraban ya el misterio del Bautismo:
¡Oh Dios!, que realizas en tus sacramentos obras
admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido
de tu criatura el agua para significar la gracia del bautismo (MR,
Vigilia Pascual, bendición del agua bautismal, 42).
1218 Desde el origen del mundo, el agua, criatura
humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La
Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios "se cernía"
sobre ella (cf. Gn 1,2):
¡Oh Dios!, cuyo espíritu, en los orígenes del
mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces
concibieran el poder de santificar (MR, ibid.).
1219 La Iglesia ha visto en el Arca de Noé una
prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de
ella "unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través
del agua" (1 P 3,20):
¡Oh Dios!, que incluso en las aguas torrenciales del
diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que
una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad (MR,
ibid.).
1220 Si el agua de manantial simboliza la vida,
el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo
del misterio de la Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la
comunión con la muerte de Cristo.
1221 Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la
liberación obrada por el bautismo:
¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar
Rojo s los hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de la
esclavitud del faraón fuera imagen de la familia de los bautizados
(MR, ibid.).
1222 Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el
paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la
tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna.
La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva
Alianza.
El Bautismo de Cristo
1223 Todas las prefiguraciones de la Antigua
Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de
hacerse bautizar por S. Juan el Bautista en el Jordán (cf. Mt 3,13 ),
y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles:
"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20; cf Mc
16,15-16).
1224 Nuestro Señor se sometió voluntariamente
al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir
toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación
de su "anonadamiento" (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía
sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo,
como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como
su "Hijo amado" (Mt 3,16-17).
1225 En su Pascua, Cristo abrió a todos los
hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su
pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un "Bautismo"
con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el
agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn
19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la
vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible "nacer del
agua y del Espíritu" para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).
Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz
de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El
padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (S.
Ambrosio, sacr. 2,6).
El bautismo en la Iglesia
1226 Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha
celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara
a la multitud conmovida por su predicación: "Convertíos y que
cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para
remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el
bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios,
paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre
ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu
casa", declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa:
"el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los
suyos" (Hch 16,31-33).
1227 Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo
el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita
con él: ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo
Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados
por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue
resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así
también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12). Los
bautizados se han "revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu
Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1
Co 6,11; 12,13).
1228 El Bautismo es, pues, un baño de agua en el
que la "semilla incorruptible" de la Palabra de Dios produce
su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del
Bautismo: "Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum"
("Se une la palabra a la materia, y se hace el sacramento",
ev. Io. 80,3).
III La celebración del sacramento del Bautismo
La iniciación cristiana
1229 Desde los tiempos apostólicos, para llegar
a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de
varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y
comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la
Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión
de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la
comunión eucarística.
1230 Esta iniciación ha variado mucho a lo largo
de los siglos y según las circunstancias. En los primeros siglos de la
Iglesia, la iniciación cristiana conoció un gran desarrollo, con un
largo periodo de catecumenado, y una serie de ritos preparatorios
que jalonaban litúrgicamente el camino de la preparación catecumenal y
que desembocaban en la celebración de los sacramentos de la iniciación
cristiana.
1231 Desde que el bautismo de los niños vino a
ser la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se ha
convertido en un acto único que integra de manera muy abreviada las
etapas previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el
Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se
trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo,
sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento
de la persona. Es el momento propio de la catequesis.
1232 El Concilio Vaticano II ha restaurado para
la Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en
diversos grados" (SC 64). Sus ritos se encuentran en el Ordo
initiationis christianae adultorum (1972). Por otra parte, el
Concilio ha permitido que "en tierras de misión, además de los
elementos de iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden
admitirse también aquellos que se encuentran en uso en cada pueblo
siempre que puedan acomodarse al rito cristiano" (SC 65; cf. SC
37-40).
1233 Hoy, pues, en todos los ritos latinos y
orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada
en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola
celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y
de la Eucaristía (cf. AG 14; CIC can.851.865.866). En los ritos
orientales la iniciación cristiana de los niños comienza con el
Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la Eucaristía,
mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de
catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía,
cima de su iniciación cristiana (cf. CIC can.851, 2º; 868).
La mistagogia de la celebración
1234 El sentido y la gracia del sacramento del
Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración. Cuando se
participa atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración,
los fieles se inician en las riquezas que este sacramento significa y
realiza en cada nuevo bautizado.
1235 La señal de la cruz, al comienzo de
la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a
pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha
adquirido por su cruz.
1236 El anuncio de la Palabra de Dios
ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y
suscita la respuesta de la fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el
Bautismo es de un modo particular "el sacramento de la fe" por
ser la entrada sacramental en la vida de fe.
1237 Puesto que el Bautismo significa la liberación
del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos
sobre el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos o
bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente
a Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a
la cual será "confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17).
1238 El agua bautismal es entonces
consagrada mediante una oración de epíclesis (en el momento mismo o en
la noche pascual). La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el
poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua, a fin de que los
que sean bautizados con ella "nazcan del agua y del Espíritu"
(Jn 3,5).
1239 Sigue entonces el rito esencial del
sacramento: el Bautismo propiamente dicho, que significa y
realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima
Trinidad a través de la configuración con el Misterio pascual de
Cristo. El Bautismo es realizado de la manera más significativa
mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad
puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza
del candidato.
1240 En la Iglesia latina, esta triple infusión
va acompañada de las palabras del ministro: "N, Yo te bautizo en
el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las
liturgias orientales, estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el
sacerdote dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre
del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a
cada persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca
de ella.
1241 La unción con el santo crisma, óleo
perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu
Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir,
"ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es
ungido sacerdote, profeta y rey (cf OBP nº 62).
1242 En la liturgia de las Iglesias de Oriente,
la unción postbautismal es el sacramento de la Crismación (Confirmación).
En la liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción del
santo crisma que dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que,
por así decirlo, "confirma" y da plenitud a la unción
bautismal.
1243 La vestidura blanca simboliza que el
bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado
con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que
Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la
luz del mundo" (Mt 5,14; cf Flp 2,15).
El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo
Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre
Nuestro.
1244 La primera comunión eucarística.
Hecho hijo de Dios, revestido de la túnica nupcial, el neófito es
admitido "al festín de las bodas del Cordero" y recibe el
alimento de la vida nueva, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Las Iglesias
orientales conservan una conciencia viva de la unidad de la iniciación
cristiana por lo que dan la sagrada comunión a todos los nuevos
bautizados y confirmados, incluso a los niños pequeños, recordando las
palabras del Señor: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo
impidáis" (Mc 10,14). La Iglesia latina, que reserva el acceso a
la Sagrada Comunión a los que han alcanzado el uso de razón, expresa cómo
el Bautismo introduce a la Eucaristía acercando al altar al niño recién
bautizado para la oración del Padre Nuestro.
1245 La bendición solemne cierra la
celebración del Bautismo. En el Bautismo de recién nacidos, la bendición
de la madre ocupa un lugar especial.
IV Quién puede recibir el Bautismo
1246 "Es capaz de recibir el bautismo todo
ser humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO,
can. 679).
El Bautismo de adultos
1247 En los orígenes de la Iglesia, cuando el
anuncio del evangelio está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de
adultos es la práctica más común. El catecumenado (preparación para
el Bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a
la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir el don de
Dios en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
1248 El catecumenado, o formación de los catecúmenos,
tiene por finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la
iniciativa divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a
madurez su conversión y su fe. Se trata de una "formación y
noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos
se unen con Cristo, su Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar
adecuadamente a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la
práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que
deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida de
fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios" (AG 14; cf OICA 19
y 98).
1249 Los catecúmenos "están ya unidos a la
Iglesia, pertenecen ya a la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una
una vida de fe, esperanza y caridad" (AG 14). "La madre
Iglesia los abraza ya con amor tomándolos a sus cargo" (LG 14; cf
CIC can. 206; 788,3).
El Bautismo de niños
1250 Puesto que nacen con una naturaleza humana
caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también
el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del
poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de
los hijos de Dios (cf Col 1,12-14), a la que todos los hombres están
llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta
particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los
padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios
si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf
CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1).
1251 Los padres cristianos deben reconocer que
esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida
que Dios les ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868).
1252 La práctica de bautizar a los niños pequeños
es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente
desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de
la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron
el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también
a los niños (cf CDF, instr. "Pastoralis actio": AAS 72 [1980]
1137-56).
Fe y Bautismo
1253 El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc
16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo
en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se
requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un
comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su
padrino se le pregunta: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" y
él responde: "¡La fe!".
1254 En todos los bautizados, niños o adultos,
la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia
celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del
Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida
nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual
brota toda la vida cristiana.
1255 Para que la gracia bautismal pueda
desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el
papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes
sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto,
en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874). Su tarea es una
verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la
comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y
guardar la gracia recibida en el Bautismo.
V Quién puede bautizar
1256 Son ministros ordinarios del Bautismo el
obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono
(cf CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier
persona, incluso no bautizada, puede bautizar (Cf CIC can. 861, § 2) si
tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal
trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace
la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve la razón de esta posibilidad en
la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad
del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16).
VI La necesidad del Bautismo
1257 El Señor mismo afirma que el Bautismo es
necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos
a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28,
19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la
salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han
tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia
no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la
bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión
que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del espíritu"
a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación
al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda
reducida a los sacramentos.
1258 Desde siempre, la Iglesia posee la firme
convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin
haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y
por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo,
produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento.
1259 A los catecúmenos que mueren antes
de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al
arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación
que no han podido recibir por el sacramento.
1260 "Cristo murió por todos y la vocación
última del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina.
En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos
la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a
este mis terio pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que,
ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la
voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede
suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el
Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.
1261 En cuanto a los niños muertos sin
Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia
divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la
gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven
(cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir:
"Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis"
(Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación
para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún
la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a
Cristo por el don del santo bautismo.
VII La gracia del Bautismo
1262 Los distintos efectos del Bautismo son
significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La
inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la
purificación, pero también los de la regeneración y de la renovación.
Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los
pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf Hch 2,38; Jn
3,5).
Para la remisión de los pecados...
1263 Por el Bautismo, todos los pecados
son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así
como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han
sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de
Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias
del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.
1264 No obstante, en el bautizado permanecen
ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la
enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las
debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que
la Tradición llama concupiscencia, o "fomes peccati":
"La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los
que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de
Jesucristo. Antes bien `el que legítimamente luchare, será coronado'(2
Tm 2,5)" (Cc de Trento: DS 1515).
“Una criatura nueva”
1265 El Bautismo no solamente purifica de todos
los pecados, hace también del neófito "una nueva creación"
(2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho
"partícipe de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de
Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del
Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).
1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la
gracia santificante, la gracia de la justificación que :
– le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y
de amarlo mediante las virtudes teologales;
– le concede poder vivir y obrar bajo la moción del
Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
– le permite crecer en el bien mediante las virtudes
morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del
cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.
Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
1267 El Bautismo hace de nosotros miembros del
Cuerpo de Cristo. "Por tanto...somos miembros los unos de los
otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las
fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza
que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones,
las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu
hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1
Co 12,13).
1268 Los bautizados vienen a ser "piedras
vivas" para "edificación de un edificio espiritual, para un
sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del
sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son "linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar
las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable
luz" (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común
de los fieles.
1269 Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya
no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó
por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los
demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la
comunión de la Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los
pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto
(cf 1 Ts 5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de
responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en
el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la
palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de
la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).
1270 Los bautizados "por su nuevo nacimiento
como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la
fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de
participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios
(cf LG 17; AG 7,23).
El vínculo sacramental de la unidad de los
cristianos
1271 El Bautismo constituye el fundamento de la
comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no
están en plena comunión con la Iglesia católica: "Los que creen
en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta
comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica... justificados
por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con
todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con
razón por los hijos de la Iglesia Católica como hermanos del Señor"
(UR 3). "Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo
sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados
por él" (UR 22).
Un sello espiritual indeleble...
1272 Incorporado a Cristo por el Bautismo, el
bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en
el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su
pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado,
aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf DS
1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.
1273 Incorporados a la Iglesia por el Bautismo,
los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para
el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y
compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación
viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio
bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz
(cf LG 10).
1274 El "sello del Señor"
(Dominicus character: S. Agustín, Ep. 98,5), es el sello con que el Espíritu
Santo nos ha marcado "para el día de la redención" (Ef 4,30;
cf Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). "El Bautismo, en efecto, es el sello
de la vida eterna" (S. Ireneo, Dem.,3). El fiel que "guarde el
sello" hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias
de su Bautismo, podrá morir marcado con "el signo de la fe"
(MR, Canon romano, 97), con la fe de su Bautismo, en la espera de la
visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la
esperanza de la resurrección.
Resumen
1275 La iniciación cristiana se realiza
mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el
comienzo de la vida nueva; la Confirmación que es su afianzamiento; y
la Eucaristía que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de
Cristo para ser transformado en El.
1276 "Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado" (Mt 28,19-20).
1277 El Bautismo constituye el nacimiento a la
vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para
la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el
Bautismo.
1278 El rito esencial del Bautismo consiste en
sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza,
pronunciando la invocación de la Santísima Trinidad, es decir, del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
1279 El fruto del Bautismo, o gracia
bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado
original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida
nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro
de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del
bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y
hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
1280 El Bautismo imprime en el alma un signo
espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al culto
de la religión cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no
puede ser reiterado (cf DS 1609 y 1624).
1281 Los que padecen la muerte a causa de la
fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la
gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se
esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan
recibido el Bautismo (cf LG 16).
1282 Desde los tiempos más antiguos, el
Bautismo es dado a los niños, porque es una gracia y un don de Dios que
no suponen méritos humanos; los niños son bautizados en la fe de la
Iglesia. La entrada en la vida cristiana da acceso a la verdadera
libertad.
1283 En cuanto a los niños muertos sin
bautismo, la liturgia de la Iglesia nos invita a tener confianza en la
misericordia divina y a orar por su salvación.
1284 En caso de necesidad, toda persona puede
bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la
Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo:
"Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo".
ARTÍCULO 2
EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN
1285 Con el Bautismo y la Eucaristía, el
sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los
"sacramentos de la iniciación cristiana", cuya unidad debe
ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles que la
recepción de este sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia
bautismal (cf OCf, Praenotanda 1). En efecto, a los bautizados "el
sacramento de la confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y
los los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De
esta forma se comprometen mucho más, como auténticos testigos de
Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras"
(LG 11; cf OCf, Praenotanda 2):
I La Confirmación en la economía de la salvación
1286 En el Antiguo Testamento, los
profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías
esperado (cf. Is 11,2) para realizar su misión salvífica (cf Lc
4,16-22; Is 61,1). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su
Bautismo por Juan fue el signo de que él era el que debía venir, el
Mesías, el Hijo de Dios (Mt 3,13-17; Jn 1,33- 34). Habiendo sido
concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión
se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre
le da "sin medida" (Jn 3,34).
1287 Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no
debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser
comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl
3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu
(cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó
primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta
el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu Santo, los
Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de Dios" (Hch
2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los
tiempos mesiánicos (cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación
apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu
Santo (cf Hch 2,38).
1288 "Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en
cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos,
mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo,
destinado a completar la gracia del Bautismo (cf Hch 8,15-17; 19,5-6).
Esto explica por qué en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los
primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del bautismo
y de la la imposición de las manos (cf Hb 6,2). Es esta imposición de
las manos la ha sido con toda razón considerada por la tradición católica
como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual
perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés"
(Pablo VI, const. apost. "Divinae consortium naturae").
1289 Muy pronto, para mejor significar el don del
Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción
con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre de
"cristiano" que significa "ungido" y que tiene su
origen en el nombre de Cristo, al que "Dios ungió con el Espíritu
Santo" (Hch 10,38). Y este rito de la unción existe hasta nuestros
días tanto en Oriente como en Occidente. Por eso en Oriente, se llama a
este sacramento crismación, unción con el crisma, o myron,
que significa "crisma". En Occidente el nombre de Confirmación
sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y
robustece la gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente
1290 En los primeros siglos la Confirmación
constituye generalmente una única celebración con el Bautismo, y forma
con éste, según la expresión de S. Cipriano, un "sacramento
doble. Entre otras razones, la multiplicación de los bautismos de niños,
durante todo el tiempo del año, y la multiplicación de las parroquias
(rurales), que agrandaron las diócesis, ya no permite la presencia del
obispo en todas las celebraciones bautismales. En Occidente, por el
deseo de reservar al obispo el acto de conferir la plenitud al Bautismo,
se establece la separación temporal de ambos sacramentos. El Oriente ha
conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la Confirmación es
dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo puede
hacerlo con el "myron" consagrado por un obispo (cf CCEO, can.
695,1; 696,1).
1291 Una costumbre de la Iglesia de Roma facilitó
el desarrollo de la práctica occidental; había una doble unción con
el santo crisma después del Bautismo: realizada ya una por el presbítero
al neófito al salir del baño bautismal, es completada por una segunda
unción hecha por el obispo en la frente de cada uno de los recién
bautizados (véase S. Hipólito de Roma, Trad. Ap. 21). La primera unción
con el santo crisma, la que daba el sacerdote, quedó unida al rito
bautismal; significa la participación del bautizado en las funciones
profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el Bautismo es conferido a
un adulto, sólo hay una unción postbautismal: la de la Confirmación.
1292 La práctica de las Iglesias de Oriente
destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia
latina expresa más netamente la comunión del nuevo cristiano con su
obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad
y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos
de la Iglesia de Cristo.
II Los signos y el rito de la Confirmación
1293 En el rito de este sacramento conviene
considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e
imprime: el sello espiritual.
La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo,
posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt
11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción
antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y
de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones
y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza,
santidad y fuerza.
1294 Todas estas significaciones de la unción
con aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del
Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y
fortaleza; la unción de los enfermos expresa curación y el consuelo.
La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y
en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por la Confirmación,
los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más
plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu
Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda "el buen
olor de Cristo" (cf 2 Co 2,15).
1295 Por medio de esta unción, el confirmando
recibe "la marca", el sello del Espíritu Santo. El
sello es el símbolo de la persona (cf Gn 38,18; Ct 8,9), signo de su
autoridad (cf Gn 41,42), de su propiedad sobre un objeto (cf. Dt 32,34)
-por eso se marcaba a los soldados con el sello de su jefe y a los
esclavos con el de su señor-; autentifica un acto jurídico (cf 1 R
21,8) o un documento (cf Jr 32,10) y lo hace, si es preciso, secreto (cf
Is 29,11).
1296 Cristo mismo se declara marcado con el sello
de su Padre (cf Jn 6,27). El cristiano también está marcado con un
sello: "Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en
Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio
en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Co 1,22; cf Ef
1,13; 4,30). Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total
a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también la
promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (cf Ap
7,2-3; 9,4; Ez 9,4-6).
La celebración de la Confirmación
1297 Un momento importante que precede a la
celebración de la Confirmación, pero que, en cierta manera forma parte
de ella, es la consagración del santo crisma. Es el obispo
quien, el Jueves Santo, en el transcurso de la Misa crismal, consagra el
santo crisma para toda su Diócesis. En las Iglesias de Oriente, esta
consagración está reservada al Patriarca:
La liturgia de Antioquía expresa así la epíclesis
de la consagración del santo crisma (myron): " (Padre...envía
tu Espíritu Santo) sobre nosotros y sobre este aceite que está
delante de nosotros y conságralo, de modo que sea para todos los que
sean ungidos y marcados con él, myron santo, myron sacerdotal, myron
real, unción de alegría, vestidura de la luz, manto de salvación,
don espiritual, santificación de las almas y de los cuerpos, dicha
imperecedera, sello indeleble, escudo de la fe y casco terrible contra
todas las obras del Adversario".
1298 Cuando la Confirmación se celebra
separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la
liturgia del sacramento comienza con la renovación de las promesas del
Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. Así aparece
claramente que la Confirmación constituye una prolongación del
Bautismo (cf SC 71). Cuando es bautizado un adulto, recibe
inmediatamente la Confirmación y participa en la Eucaristía (cf CIC
can.866).
1299 En el rito romano, el obispo extiende las
manos sobre todos los confirmandos, gesto que, desde el tiempo de los apóstoles,
es el signo del don del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión
del Espíritu:
Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos siervos
tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra oración y envía
sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito; llénalos de espíritu de
sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza,
de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu
santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor.
1300 Sigue el rito esencial del
sacramento. En el rito latino, "el sacramento de la confirmación
es conferido por la unción del santo crisma en la frente, hecha
imponiendo la mano, y con estas palabras: "Recibe por esta señal
el don del Espíritu Santo" (Paulus VI, Const. Ap. Divinae
consortium naturae). En las Iglesias orientales, la unción del myron
se hace después de una oración de epíclesis, sobre las partes más
significativas del cuerpo: la frente, los ojos, la nariz, los oídos,
los labios, el pecho, la espalda, las manos y los pies, y cada unción
va acompañada de la fórmula: "Sfragi~ dwrea~ Pneumto~ æAgiou"
("Rituale per le Chiese orientali di rito bizantino in lingua
greca, I -LEV 1954), p. 36". ("Signaculum doni Spiritus
Sancti" - "Sello del don que es el Espíritu Santo").
1301 El beso de paz con el que concluye el rito
del sacramento significa y manifiesta la comunión eclesial con el
obispo y con todos los fieles (cf S. Hipólito, Trad. ap. 21).
III Los efectos de la Confirmación
1302 De la celebración se deduce que el efecto
del sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue
concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
1303 Por este hecho, la Confirmación confiere
crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
– nos introduce más profundamente en la filiación
divina que nos hace decir "Abbá, Padre" (Rm 8,15).;
– nos une más firmemente a Cristo;
– aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
– hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia
(cf LG 11);
– nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo
para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como
verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de
Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (cf DS 1319; LG
11,12):
Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual,
el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y
de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu
de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado
con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón
la prenda del Espíritu (S. Ambrosio, Myst. 7,42).
1304 La Confirmación, como el Bautismo del que
es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto,
imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el "carácter"
(cf DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano
con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para
que sea su testigo (cf Lc 24,48-49).
1305 El "carácter" perfecciona el
sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y "el
confirmado recibe el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y
como en virtud de un cargo (quasi ex officio)" (S. Tomás de
A., s.th. 3, 72,5, ad 2).
IV Quién puede recibir este sacramento
1306 Todo bautizado, aún no confirmado, puede y
debe recibir el sacramento de la Confirmación (cf CIC can. 889, 1).
Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de
ahí se sigue que "los fieles tienen la obligación de recibir este
sacramento en tiempo oportuno" (CIC, can. 890), porque sin la
Confirmación y la Eucaristía el sacramento del Bautismo es ciertamente
válido y eficaz, pero la iniciación cristiana queda incompleta.
1307 La costumbre latina, desde hace siglos,
indica "la edad del uso de razón", como punto de referencia
para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se
debe confirmar a los niños incluso s i no han alcanzado todavía la
edad del uso de razón (cf CIC can. 891; 893,3).
1308 Si a veces se habla de la Confirmación como
del "sacramento de la madurez cristiana", es preciso, sin
embargo, no confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del
crecimiento natural, ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de
elección gratuita e inmerecida que no necesita una "ratificación"
para hacerse efectiva. Santo Tomás lo recuerda:
La edad del cuerpo no constituye un prejuicio para el
alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la
perfección de la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4,8):
`la vejez honorable no es la que dan los muchos días, no se mide por
el número de los años'. Así numerosos niños, gracias a la fuerza
del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente y
hasta la sangre por Cristo (s.th. 3, 72,8,ad 2).
1309 La preparación para la Confirmación
debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con
Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción,
sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las
responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello, la
catequesis de la Confirmación se esforzará por suscitar el sentido de
la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la Iglesia universal
como a la comunidad parroquial. Esta última tiene una resp onsabilidad
particular en la preparación de los confirmandos (cf OCf, Praenotanda
3).
1310 Para recibir la Confirmación es preciso
hallarse en estado de gracia. Conviene recurrir al sacramento de la
Penitencia para ser purificado en atención al don del Espíritu Santo.
Hay que prepararse con una oración más intensa para recibir con
docilidad y disponibilidad la fuerza y las gracias del Espíritu Santo
(cf Hch 1,14).
1311 Para la Confirmación, como para el
Bautismo, conviene que los candidatos busquen la ayuda espiritual de un padrino
o de una madrina. Conviene que sea el mismo que para el Bautismo
a fin de subrayar la unidad entre los dos sacramentos (cf OCf,
Praenotanda 5.6; CIC can. 893, 1.2).
V El ministro de la Confirmación
1312 El ministro originario de la
Confirmación es el obispo (LG 26).
En Oriente es ordinariamente el presbítero que
bautiza quien da también inmediatamente la Confirmación en una sola
celebración. Sin embargo, lo hace con el santo crisma consagrado por el
patriarca o el obispo, lo cual expresa la unidad apostólica de la
Iglesia cuyos vínculos son reforzados por el sacramento de la
Confirmación. En la Iglesia latina se aplica la misma disciplina en los
bautismos de adultos y cuando es admitido a la plena comunión con la
Iglesia un bautizado de otra comunidad cristiana que no ha recibido válidamente
el sacramento de la Confirmación (cf CIC can 883,2).
1313 En el rito latino, el ministro
ordinario de la Conformación es el obispo (CIC can. 882). Aunque el
obispo puede, en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad
de administrar el sacramento de la Confirmación (CIC can. 884,2),
conviene que lo confiera él mismo, sin olvidar que por esta razón la
celebración de la Confirmación fue temporalmente separada del
Bautismo. Los obispos son los sucesores de los apóstoles y han recibido
la plenitud del sacramento del orden. Por esta razón, la administración
de este sacramento por ellos mismos pone de relieve que la Confirmación
tiene como efecto unir a los que la reciben más estrechamente a la
Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio
de Cristo.
1314 Si un cristiano está en peligro de muerte,
cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cf CIC can. 883,3).
En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más
tierna edad, salga de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu
Santo con el don de la plenitud de Cristo.
Resumen
1315 "Al enterarse los apóstoles que
estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de
Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos
para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había
descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados
en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían
el Espíritu Santo" (Hch 8,14-17).
1316 La Confirmación perfecciona la gracia
bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más
profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a
Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos
todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe
cristiana por la palabra acompañada de las obras.
1317 La Confirmación, como el Bautismo,
imprime en el alma del cristiano un signo espiritual o carácter
indeleble; por eso este sacramento sólo se puede recibir una vez en la
vida.
1318 En Oriente, este sacramento es
administrado inmediatamente después del Bautismo y es seguido de la
participación en la Eucaristía, tradición que pone de relieve la
unidad de los tres sacramentos de la iniciación cristiana. En la
Iglesia latina se administra este sacramento cuando se ha alcanzado el
uso de razón, y su celebración se reserva ordinariamente al obispo,
significando así que este sacramento robustece el vínculo eclesial.
1319 El candidato a la Confirmación que ya ha
alcanzado el uso de razón debe profesar la fe, estar en estado de
gracia, tener la intención de recibir el sacramento y estar preparado
para asumir su papel de discípulo y de testigo de Cristo, en la
comunidad eclesial y en los asuntos temporales.
1320 El rito esencial de la Confirmación es
la unción con el Santo Crisma en la frente del bautizado (y en Oriente,
también en los otros órganos de los sentidos), con la imposición de
la mano del ministro y las palabras: "Accipe signaculum doni
Spiritus Sancti" ("Recibe por esta señal el don del Espíritu
Santo"), en el rito romano; "Signaculum doni Spiritus
Sancti" ("Sello del don del Espíritu Santo"), en el rito
bizantino.
1321 Cuando la Confirmación se celebra
separadamente del Bautismo, su conexión con el Bautismo se expresa
entre otras cosas por la renovación de los compromisos bautismales. La
celebración de la Confirmación dentro de la Eucaristía contribuye a
subrayar la unidad de los sacramentos de la iniciación cristiana.
ARTÍCULO 3
EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
1322 La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación
cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real
por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la
Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la
comunidad en el sacrificio mismo del Señor.
1323 "Nuestro Salvador, en la última Cena,
la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de
su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el
sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el
memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de
unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo,
el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria
futura" (SC 47).
I La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial
1324 La Eucaristía es "fuente y cima de
toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en
efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua" (PO 5).
1325 "La Eucaristía significa y realiza la
comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la
Igle sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la
acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que
en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre"
(CdR, inst. "Eucharisticum mysterium" 6).
1326 Finalmente, la celebración eucarística nos
unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando
Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).
1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y
la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con la
Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de
pensar" (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).
II El nombre de este sacramento
1328 La riqueza inagotable de este sacramento se
expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos
nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:
Eucaristía porque es acción de gracias a Dios.
Las palabras "eucharistein" (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y
"eulogein" (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías
que proclaman -sobre todo durante la comida- las obras de Dios: la
creación, la redención y la santificación.
1329 Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20)
porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos
la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas
del Cordero (cf Ap 19,9) en la Jerusalén celestial.
Fracción del pan porque este rito, propio del
banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía
el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre
todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los
discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35),
y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas
eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar
que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo,
entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1
Co 10,16-17).
Asamblea eucarística (synaxis), porque la
Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visibl
e de la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).
1330 Memorial de la pasión y de la
resurrección del Señor.
Santo Sacrificio, porque actualiza el único
sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o
también santo sacrificio de la misa, "sacrificio de
alabanza" (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio
espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11) y
santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la
Antigua Alianza.
Santa y divina Liturgia, porque toda la liturgia
de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la
celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también
celebración de los santos misterios. Se habla también del Santísimo
Sacramento porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este
nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.
1331 Comunión, porque por este sacramento
nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre
para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas
santas [ta hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5;
10,6) -es el sentido primero de la comunión de los santos de que habla
el Símbolo de los Apóstoles-, pan de los ángeles, pan del
cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de Ant. Eph
20,2), viático...
1332 Santa Misa porque la liturgia en la
que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los
fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida
cotidiana.
III La Eucaristía en la economía de la salvación
Los signos del pan y del vino
1333 En el corazón de la celebración de la
Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de
Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el
Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia
continúa haciendo, en memoria de él, hasta su retorno glorioso, lo que
él hizo la víspera de su pasión: "Tomó pan...", "tomó
el cáliz lleno de vino...". Al convertirse misteriosamente en el
Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen
significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio,
damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto
"del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la
tierra" y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve
en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y
vino" (Gn 14,18) una prefiguración de su propia ofrenda (cf MR,
Canon Romano 95).
1334 En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran
ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de
reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación
en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en
la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El
recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del
pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es
el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus
promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al final del
banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino
una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del
restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando
un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.
1335 Los milagros de la multiplicación de los
panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los
panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud,
prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf.
Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná
(cf Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús.
Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del
Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc 14,25) convertido
en Sangre de Cristo.
1336 El primer anuncio de la Eucaristía dividió
a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó:
"Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?" (Jn 6,60).
La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio,
y no cesa de ser ocasión de división. "¿También vosotros queréis
marcharos?" (Jn 6,67): esta pregunta del Señor, resuena a través
de las edades, invitación de su amor a descubrir que sólo él tiene
"palabras de vida eterna" (Jn 6,68), y que acoger en la fe el
don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.
La institución de la Eucaristía
1337 El Señor, habiendo amado a los suyos, los
amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este
mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó
los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles
una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles
partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su
muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta
su retorno, "constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo
Testamento" (Cc. de Trento: DS 1740).
1338 Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo
nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por
su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de
Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía:
Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf
Jn 6).
1339 Jesús escogió el tiempo de la Pascua para
realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su
Cuerpo y su Sangre:
Llegó el día de los Azimos, en el que se había de
inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan,
diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos'...fueron...
y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles;
y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes
de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle
su cumplimiento en el Reino de Dios'...Y tomó pan, dio gracias, lo
partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser
entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío'. De igual modo,
después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva
Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros' (Lc
22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).
1340 Al celebrar la última Cena con sus apóstoles
en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo
a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su
muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y
celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y
anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.
"Haced esto en memoria mía"
1341 El mandamiento de Jesús de repetir sus
gestos y sus palabras "hasta que venga" (1 Co 11,26), no exige
solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración
litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de
Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión
junto al Padre.
1342 Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la
orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: Acudían
asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión
fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones...Acudían al Templo
todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el
pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de
corazón (Hch 2,42.46).
1343 Era sobre todo "el primer día de la
semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús,
cuando los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch
20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la
Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas
partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo
el centro de la vida de la Iglesia.
1344 Así, de celebración en celebración,
anunciando el misterio pascual de Jesús "hasta que venga" (1
Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante "camina por la senda
estrecha de la cruz" (AG 1) hacia el banquete celestial, donde
todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.
IV La celebración litúrgica de la Eucaristía
La misa de todos los siglos
1345 Desde el siglo II, según el testimonio de
S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la
celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta
nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas.
He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al
emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:
El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión
en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas,
tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para
incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros...y por todos
los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos
en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos
para alcanzar así la salvación eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros.
Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y
de vino mezclados.
El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del
universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias
(en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido
juzgados dignos de estos dones.
Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo
presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.
Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha
respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a
todos los que están presentes pan, vino y agua
"eucaristizados" y los llevan a los ausentes (S. Justino,
apol. 1, 65; 67).
1346 La liturgia de la Eucaristía se desarrolla
conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de
los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una
unidad básica:
— La reunión, la liturgia de la Palabra, con
las lecturas, la homilía y la oración universal;
— la liturgia eucarística, con la presentación
del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.
Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística
constituyen juntas "un solo acto de culto" (SC 56); en efecto,
la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la
Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).
1347 He aquí el mismo dinamismo del banquete
pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les
explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos,
"tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo
dio" (cf Lc 24,13- 35).
El desarrollo de la celebración
1348 Todos se reúnen. Los cristianos
acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está
Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es sumo
sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente
toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el
presbítero (actuando "in persona Christi capitis") preside la
asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas
y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la
celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que presentan las
ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo "Amén"
manifiesta su participación.
1349 La liturgia de la Palabra comprende
"los escritos de los profetas", es decir, el Antiguo
Testamento, y "las memorias de los apóstoles", es decir sus
cartas y los Evangelios; después la homilía que exhorta a acoger esta
palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13), y
a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los
hombres, según la palabra del Apóstol: "Ante todo, recomiendo que
se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos
los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en
autoridad" (1 Tm 2,1-2).
1350 La presentación de las ofrendas (el
ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y
el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el
sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su
Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, "tomando
pan y una copa". "Sólo la Iglesia presenta esta oblación,
pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene
de su creación" (S. Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La
presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de
Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. El es
quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos
humanos de ofrecer sacrificios.
1351 Desde el principio, junto con el pan y el
vino para la Eucaristía, los cristianos presentan tambié n s u s d o n
e s p a r a compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de
la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el
ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Co 8,9):
Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que
se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él
atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra
causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una
palabra, socorre a todos los que están en necesidad (S. Justino,
apol. 1, 67,6).
1352 La Anáfora: Con la plegaria eucarística,
oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y
a la cumbre de la celebración:
En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre,
por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras , por la creación,
la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a la
alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los
santos, cantan al Dios tres veces santo;
1353 En la epíclesis, la Iglesia pide al
Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición (cf MR,
canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su
poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte
en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas
tradiciones litúrgicas colocan la epíclesis después de la anámnesis);
en el relato de la institución, la fuerza de las
palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen
sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo
y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre;
1354 en la anámnesis que sigue, la
Iglesia hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno
glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que
nos reconcilia con él;
en las intercesiones, la Iglesia expresa que la
Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de
la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los
pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su
presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus
iglesias.
1355 En la comunión, precedida por la
oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben
"el pan del cielo" y "el cáliz de la salvación",
el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó "para la vida del
mundo" (Jn 6,51):
Porque este pan y este vino han sido, según la
expresión antigua "eucaristizados", "llamamos a este
alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él s i no
cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha
recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo
nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo" (S.
Justino, apol. 1, 66,1-2).
V El sacrificio sacramental: acción de gracias,
memorial, presencia
1356 Si los cristianos celebran la Eucaristía
desde los orígenes, y de forma que, en su substancia, no ha cambiado a
través de la gran diversidad de épocas y de liturgias, sucede porque
sabemos que estamos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de
su pasión: "haced esto en memoria mía" (1 Co 11,24-25).
1357 Cumplimos este mandato del Señor celebrando
el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre
lo que él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el
vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de
Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: Así Cristo se hace
real y misteriosamente presente.
1358 Por tanto, debemos considerar la Eucaristía
— como acción de gracias y alabanza al Padre
— como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo,
— como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu.
La acción de gracias y la alabanza al Padre
1359 La Eucaristía, sacramento de nuestra
salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de
alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el
sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada
al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo,
la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias
por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación
y en la humanidad.
1360 La Eucaristía es un sacrificio de acción
de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su
reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha
realizado mediante la creación, la redención y la santificación.
"Eucaristía" significa, ante todo, acción de gracias.
1361 La Eucaristía es también el sacrificio de
alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre
de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a
través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su
intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es
ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en
él.
El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que
es la Iglesia
1362 La Eucaristía es el memorial de la Pascua
de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único
sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las
plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución,
una oración llamada anámnesis o memorial.
1363 En el sentido empleado por la Sagrada
Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los
acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que
Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración
litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y
actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada
vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen
presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a
estos acontecimientos.
1364 El memorial recibe un sentido nuevo en el
Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria
de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo
ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual
(cf Hb 7,25-27): "Cuantas veces se renueva en el altar el
sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado,
se realiza la obra de nuestra redención" (LG 3).
1365 Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la
Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de
la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución:
"Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros" y
"Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada
por vosotros" (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo
cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que
"derramó por muchos para remisión de los pecados" (Mt
26,28).
1366 La Eucaristía es, pues, un sacrificio
porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz,
porque es su memorial y aplica su fruto:
(Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios
Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la
cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención
eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su
sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, "la noche en que fue
entregado" (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa
amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana),
donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a
realizarse una única vez en la cruz cuya memoria se perpetuaría
hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se
aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día (Cc.
de Trento: DS 1740).
1367 El sacrificio de Cristo y el sacrificio de
la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "Es una y la
misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes,
que se ofreció a sí misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la
manera de ofrecer": (Cc. de Trento, Sess. 22a., Doctrina de ss.
Missae sacrificio, c. 2: DS 1743) "Y puesto que en este divino
sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola
incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz "se
ofreció a sí mismo una vez de modo cruento"; …este sacrificio
[es] verdaderamente propiciatorio" (Ibid).
1368 La Eucaristía es igualmente el
sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo,
participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece
totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los
hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el
sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su
alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de
Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El
sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas alas
generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.
En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia
representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en
actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz,
por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos
los hombres.
1369 Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a
la intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la
Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía
en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia
universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la
Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el
nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su presidencia de
la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la asistencia de
los diáconos. La comunidad intercede también por todos los
ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio eucarístico:
Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía
que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien él ha señalado
para ello (S. Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1).
Por medio del ministerio de los presbíteros, se
realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión
con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este, en nombre de toda
la Iglesia, por manos de los presbíteros, se ofrece incruenta y
sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que el Señor venga (PO 2).
1370 A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los
miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están
ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico
en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella
así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia,
con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la
intercesión de Cristo.
1371 El sacrificio eucarístico es también
ofrecido por los fieles difuntos "que han muerto en Cristo y
todavía no están plenamente purificados" (Cc. de Trento: DS
1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:
Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os
preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os
hallareis, os acordéis de mi ante el altar del Señor (S. Mónica,
antes de su muerte, a S. Agustín y su hermano; Conf. 9,9,27).
A continuación oramos (en la anáfora) por los santos
padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto
antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las
almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se
halla presente la santa y adorable víctima...Presentando a Dios
nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores,...
presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio
para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres (s. Cirilo de
Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9.10).
1372 S. Agustín ha resumido admirablemente esta
doctrina que nos impulsa a una participación cada vez más completa en
el sacrificio de nuestro Redentor que celebramos en la Eucaristía:
Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la
asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un
sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de
esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su pasión, para hacer de
nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza...Tal es el sacrificio de
los cristianos: "siendo muchos, no formamos más que un sólo
cuerpo en Cristo" (Rm 12,5). Y este sacrificio, la Iglesia no
cesa de reproducirlo en el Sacramento del altar bien conocido de los
fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece se ofrece a sí
misma (civ. 10,6).
La presencia de Cristo por el poder de su Palabra y
del Espíritu Santo
1373 "Cristo Jesús que murió, resucitó,
que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros" (Rm 8,34),
está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su
Palabra, en la oración de su Iglesia, "allí donde dos o tres estén
reunidos en mi nombre" (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los
presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el
sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, "sobre
todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas"
(SC 7).
1374 El modo de presencia de Cristo bajo las
especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de
todos los sacramentos y hace de ella "como la perfección de la
vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos" (S.
Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el santísimo sacramento de la
Eucaristía están "contenidos verdadera, real y
substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la
divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo
entero" (Cc. de Trento: DS 1651). "Esta presencia se
denomina `real', no a título exclusivo, como si las otras presencias no
fuesen `reales', sino por excelencia, porque es substancial, y
por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente" (MF
39).
1375 Mediante la conversión del pan y del
vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento.
Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la
eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo
para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:
No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se
conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue
crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia
estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto
es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas
(Prod. Jud. 1,6).
Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:
Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la
naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de
que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque
por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada...La palabra de
Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría
cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es
menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst.
9,50.52).
1376 El Concilio de Trento resume la fe católica
cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que
ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha
mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo
el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el
cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de
Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia
de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a
este cambio transubstanciación" (DS 1642).
1377 La presencia eucarística de Cristo comienza
en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan
las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada
una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que
la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).
1378 El culto de la Eucaristía. En la
liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo
bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos
o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor.
"La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de
adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente
durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con
el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles
para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión"
(MF 56).
1379 El Sagrario (tabernáculo) estaba
primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que
pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la
profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía,
la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del
Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario
debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia;
debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de
la presencia real de Cristo en el santo sacramento.
1380 Es grandemente admirable que Cristo haya
querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto
que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos
su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por
muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que
nos había amado "hasta el fin" (Jn 13,1), hasta el don de su
vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente
en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf
Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:
La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del
culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No
escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la
contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y
delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II,
lit. Dominicae Cenae, 3).
1381 "La presencia del verdadero Cuerpo de
Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se
conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la
cual se apoya en la autoridad de Dios'. Por ello, comentando el texto de
S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros', S.
Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien
con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no
miente" (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF
18):
Adoro te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subjicit,
Quia te contemplans totum deficit.
Visus, gustus, tactus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur:
Credo quidquod dixit Dei Filius:
Nil hoc Veritatis verbo verius.
(Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.
La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)
VI El banquete pascual
1382 La misa es, a la vez e inseparablemente, el
memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el
banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente
orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de
la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por
nosotros.
1383 El altar, en torno al cual la Iglesia
se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos
aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor,
y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de
Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez
como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento
celestial que se nos da. "¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo
sino la imagen del Cuerpo de Cristo?", dice S. Ambrosio (sacr.
5,7), y en otro lugar: "El altar representa el Cuerpo (de Cristo),
y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar" (sacr. 4,7). La
liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en
numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:
Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta
ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos
de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu
Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y
bendición.
“Tomad y comed todos de él”: la comunión
1384 El Señor nos dirige una invitación urgente
a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad en
verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis
su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).
1385 Para responder a esta invitación, debemos prepararnos
para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de
conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese,
pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien
come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo"
( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe
recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a
comulgar.
1386 Ante la grandeza de este sacramento, el fiel
sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del
Centurión (cf Mt 8,8): "Señor, no soy digno de que entres en
mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme". En la
Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:
Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de
Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de
Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor,
en tu Reino.
1387 Para prepararse convenientemente a recibir
este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la
Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se
manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que
Cristo se hace nuestro huésped.
1388 Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía
que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC, can. 916), comulguen
cuando participan en la misa (cf CIC, can 917. Los fieles, en el
mismo día, pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda
vez: Cf Pontificia Commissio Codici Iuris Canonici Authentice
Interpretando, Responsa ad proposita dubia, 1: AAS 76 (1984) 746):
"Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la
misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del
mismo sacrificio, el cuerpo del Señor" (SC 55).
1389 La Iglesia obliga a los fieles a participar
los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a
recibir al menos una vez al año la Eucaristía, s i es posible en
tiempo pascual (cf CIC, can. 920), preparados por el sacramento de la
Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles
recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más
frecuencia aún, incluso todos los días.
1390 Gracias a la presencia sacramental de Cristo
bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan
ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía.
Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente
como la más habitual en el rito latino. "La comunión tiene una
expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos
especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta
el signo del banquete eucarístico" (IGMR 240). Es la forma
habitual de comulgar en los ritos orientales.
Los frutos de la comunión
1391 La comunión acrecienta nuestra unión
con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto
principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor
dice: "Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en
él" (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el
banquete eucarístico: "Lo mismo que me ha enviado el Padre, que
vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí"
(Jn 6,57):
Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el
Cuerpo